En el filo de la navaja

A pesar de que nos cueste admitirlo, la mayoría de los mortales llevamos una vida un tanto rutinaria. Pasan los días y en poco suele diferenciarse uno del siguiente, de hecho, creo que esto es lo que provoca que los meses y los años se pasen como una exhalación, tempus fugit. Pero, de pronto, algo ocurre de manera inopinada, un cortocircuito neuronal se produce y la sensatez medida, la cautela atesorada durante tanto tiempo, dan paso a un comportamiento inesperado, brusco, arriesgado que nos acerca al precipicio y nos provoca una descarga de adrenalina y excitación.

 

Seguro que usted, lector, me dirá que eso a usted no le pasa, pero la verdad es que voy a mostrarle que puede que sí. Quién no ha realizado un adelantamiento arriesgado e innecesario motivado por un deseo irrefrenable, pero que no tiene especial justificación y que está poniendo en riesgo a la familia que nos acompaña y a los ocupantes de los coches que puedan verse afectados; quizás es por esa sensación excitante de ir por el filo de la navaja, aunque la vida nos vaya en ello.

 

 

O cruzar con el disco en rojo sin más base que un cálculo a “ojímetro” de la distancia y velocidad del vehículo que viene lanzado al fondo, que a su vez quiere pasarlo como sea. Y tantas y tantas situaciones cotidianas en que, por querer ganar un segundo, estamos dispuestos a perder la vida. Y qué me dicen de la descarga de adrenalina que se produce ante una esporádica relación personal, totalmente inocente en apariencia, pero que quizás seríamos luego incapaces de parar y que puede destruir una vida de familia en común porque ha desencadenado una reacción nuclear en cadena, como es “la desconfianza” -recuerdo la desternillante parodia de los “pre-cuernos” de mi admirado José Mota-.

 

Podríamos seguir con la primera calada juvenil de ese pitillo que luego acabó en que fuéramos un fumador convulso, si es que no nos catapultó, además, a probar otras sustancias más excitantes y nocivas. Un amigo alardeaba de haberse fumado, durante su vida, casi el valor de su casa; -en ese momento pensé que de lo que era afortunado era de poder contarlo aún, amén de que quemar el dinero siempre me ha parecido una estupidez-.

 

Pasearse por el filo de la navaja, aún en el caso de que no te caigas inicialmente al abismo, hace que te cortes el pie, tras lo cual seguro que te caes. Y es que el vértigo de asomarse al precipicio tiene un especial magnetismo, es como una fuerza irrefrenable que nos empuja a saltar al vacío y experimentar unos breves segundos de éxtasis, antesala de una imagen menos agradable: el despanzurrarnos contra el suelo; (qué término tan elocuente y “visceral”, ejemplo sin duda de la riqueza de nuestro idioma español). Supongo que esa sensación de vértigo es el que, a nivel social, están experimentando nuestros amigos británicos, según se acercan a su particular “cliff edge”, a ese acantilado que les espera y al que, inexorablemente se van acercando a paso decidido.

 

El bueno de James Dean pudo saltar a tiempo en la celebérrima escena del “chicken game” de ‘Rebelde sin causa’, pero no así su colega de juego, que no sé si tuvo tiempo de experimentar ningún placer antes de estrellarse contra las rocas del acantilado. Casi todo está inventado y todo el mundo sabe el final de la película, pero está claro que algunos no van mucho al cine. Pero lo más curioso es que, aunque sepas el final de la película y que el filo de la navaja te va a cortar y que luego te vas a despeñar, nos sigue excitando esa sensación de muerte inminente.

 

Y no tenemos necesidad de salir de nuestra piel de toro para constatar que eso nos puede pasar. No tiene ninguna relación con nuestro nivel económico o cultural, es el vértigo que nos lanza al vacío y que, como somos solidarios, queremos que nuestro entorno social, al que confesamos querer y proteger, nos acompañe en ese climax fatuo e irracional. Luego los fuegos artificiales se apagan, el público se dispersa y nadie recuerda por qué nos dio ese ataque de locura. Y como terminamos por olvidarlo todo, estamos condenados a repetirlo.

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Pedro Antonio Morejón

Pedro Antonio Morejón

Director ICEX Castilla-La Mancha
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