Elogio de la bondad

Hace tiempo que dejé de ver los telediarios. Se convirtieron en un chorretón de desgracias (suicidios, asesinados, violaciones, casos de corrupción y muchas otras lindezas). Sin duda, las autoridades sanitarias deberían advertir que perjudican la salud, lo mismo que el tabaco. ¿Por qué resaltar siempre lo malo?

 

Justo en el momento en el que escribo estas palabras hay millones de personas que llegan al orgasmo, jóvenes que luchan por conservar la naturaleza, chicos que ayudan a los pobres, ancianos que dan conversación a personas achicharradas por la soledad, personas que animan a otras que padecen cáncer, otros que echan una mano a quiénes intentan dejar el mundo del alcohol y de las drogas, por ejemplo. Eso no es noticia, pero son esas personas las que ayudan a crear un mundo más redondo; o sea, más justo. No tengo ninguna duda de que la mayor fuerza transformadora de la realidad no es la política, ni el dinero, sino la bondad.

 

La bondad entendida de muchas maneras: caridad cristiana, altruismo, solidaridad laica, compasión budista, empatía, lo que cojones se quiera. Yo no creo que el hombre sea malo (como pensaba Hobbes), ni que sea bueno (como defendía Rousseau, aunque sostenía que luego la sociedad competitiva le pervertía y le hacía malo), sino que tiene capacidad para el bien y el mal, y que la realización del bien lo hace más humano, lo ennoblece. Y sí, pienso que estamos diseñados para amar, para salir al encuentro y entregarnos a los demás.

 

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