Elegancia

Comentaba mi admirada María dolores Pradera que: “En la vida se puede hacer casi todo, siempre que se haga con elegancia”. Sin buscarle tres pies al gato a este acertado comentario, la verdad es que la elegancia es esa virtud que nos permite andar por este valle de lágrimas, con la cabeza alta, la mirada al frente, sin buscar la falsa condolencia ni el halago lisonjero. La elegancia transmite respeto y, en gran medida, no se compra con dinero, – aunque en algún caso muy concreto sí puede ayudar-.

 

La cultura cristiana nos recuerda que todos tenemos nuestra cruz, que llevamos a cuestas, queramos o no. Pero lo cierto es que, si bien a muchos esta cruz les aplasta contra el suelo como cucarachas, en otros casos parece liviana, casi etérea, parece que ni la llevaran. Generalmente esa cruz nos cambia el carácter, nos transforma en seres malhumorados, envidiosos e insolidarios: no hay enfermedad, sufrimiento o desgracia como la nuestra. Y como los extremos se tocan, no solo tenemos envidia de los bienes ajenos, si no también y en cierta medida, de sus males. Cualquier conversación que se precie acaba hablando de enfermedades, sobre todo de las nuestras -y es que “la envidia es muy mala consejera”-. Recuerdo que en el colegio nos decían que el santo peca al día siete veces siete, cuánto más los pobres mortales que deambulamos por este mundo, tentados continuamente por tierra, mar y aire; y claro, si esto es así y el mal y el error nos rodean, no hay más que rascar para encontrar suciedad debajo de la alfombra.

 

La política, que versa sobre el gobierno y organización de las sociedades humanas, debe tener este concepto en su manual de iniciación y, como somos como somos, parece que centrara sus enseñanzas sobre cómo gestionar los defectos humanos. Por ello, quien sobrevive en sus procelosas aguas, sabe muy bien que, para hundir al adversario, no hay más que buscar … (evito la referencia escatológica, por elegancia), porque tarde o temprano hallará, como dice el refrán. Hasta la aparición de internet, uno podía vivir con sus fantasmas y nadie se enteraba.

 

Los trapos sucios se lavaban en casa y nuestras miserias apenas salían a pasear fuera de las cuatro paredes de nuestro hogar. Sin embargo, este comportamiento saltó hecho añicos en apenas unas décadas y descubrimos que podíamos tener una vida paralela “en la nube”. Aún así, me sorprende la ligereza con la que nuestra sociedad se comunica, ya casi solo por escrito, -por decir algo-. Nos mandamos todo tipo de mensajes e imágenes sin ningún cuidado y con una confianza ciega en que todo ello será flor de un día. Pero lo cierto es que, si bien las palabras se las llevaba el viento, los mensajes de Whatsapp, las fotos en Instagram o comentarios en Facebook o Twitter, son como las botellas de plástico, no hay quien las haga desaparecer.

 

Creo que el futuro va a estar lleno de residuos de plástico y archivos basura de todo tipo, reenviados mil y una vez, -me imagino una escena cinematográfica en que una bala perdida va rebotando y se carga a todo el que pilla por medio-; al final resultará que no se trata de una munición, sino de una foto o comentario improcedente y comprometedor. Conforme pasan los años, voy prefiriendo todo aquello que es más efímero, maravillosamente breve y que, o lo pillas al vuelo o lo pierdes para siempre.

 

La elegancia pertenece a ese exquisito club de lo sutil, de lo que generalmente pasa desapercibido para nuestra vida alocada, en la que parece que nos encanta “perder el tiempo a toda leche”. Si el elixir d´amore era una entelequia, el de la eterna juventud, más si cabe. Ponemos todos nuestros esfuerzos en alargar la vida como un chicle, pero no nos damos cuenta de que solo conseguimos estirarlo, hasta transformarlo en un hilo del que pende una vida bastante intrascendente. Definitivamente la elegancia no es cool, no está de moda. La avaricia por poseer no tiene nada de elegante y sin embargo cuántos se enredan en su telaraña y mueren asfixiados por sus finos hilos. Enloquecemos por atesorar patrimonio y prestigio, pero lo cierto es que con ello no hacemos sino perder el tiempo, lo único que es realmente precioso y escaso.

Pedro Antonio Morejón

Pedro Antonio Morejón

Director ICEX Castilla-La Mancha
Pedro Antonio Morejón

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