El saber sí ocupa lugar

Sin ninguna duda, la especie humana debe su éxito, entre todas las restantes del reino animal, a su capacidad de pensar, de expresar sus conocimientos, recordar el pasado y planificar el porvenir. Lógicamente entre un ciudadano normal y una mente clarividente hay un trecho, que no siempre explica la genética de sus progenitores, porque hay que añadir: el disponer de un entorno propicio, la educación recibida, las personas que nos rodean, la experiencia acumulada, el esfuerzo personal y un largo etcétera.

 

Por ello la sabiduría con mayúsculas es un tesoro, un bien escaso. El capital humano de una organización y de un país debería ser algo precioso, que habría que fomentar, preservar y valorar, para ponerlo a disposición de la sociedad en su conjunto. Y ese capital humano no se atesora en una cuenta corriente, ni en un banco de ideas, lo tienen las personas, de carne y hueso como los demás, pero con unas capacidades únicas que, en gran medida, desearían tener la oportunidad de desarrollar, en su propio beneficio, lógicamente, pero también en pro de la sociedad a la que pertenecen.

 

 

He aquí donde aparece la esquizofrenia que vive nuestra sociedad actual: emplea recursos incalculables para formar a sus ciudadanos y, cuando los encumbra en la cima del conocimiento, los despeña ladera abajo, por que no sabe que hacer con ellos. La sabiduría no garantiza el éxito social, es incomoda, no es sumisa, no se suele comprar con dinero o con halagos y lisonjas. La opinión sabia suele ser políticamente incorrecta, pone en apuros al mediocre y te dice lo que no quieres escuchar.

 

Es curioso que en las sociedades primitivas, el cenit del poder lo ostentaba el sabio y el viejo, es decir, el poseedor del conocimiento y el de la experiencia, que a veces coincidían, porque la sabiduría le ayudaba a sobrevivir. La confianza de una manada de elefantes en la elefanta alfa es total, sabe donde se encuentra el agua en periodos de sequía y, además, ya ha sobrevivido en el pasado a esas etapas críticas: sabiduría y experiencia; y lo mismo para casi todas la especies sociales, entre ellas la humana.

 

Pero, mira por donde, en nuestra especie se produce a veces una alteración patológica, como la del grupo de delfines al que su líder les lleva a la muerte, quedando varados en la orilla. En el caso humano la anomalía, excesivamente frecuente, es el éxito inusitado de la mediocridad. Debido a que la sabiduría parece nos ser de este mundo, como el Reino de los Cielos, y que no le atrae lo terrenal, deja el campo abonado para que lo ocupe la mediocridad. En vez de que la sabiduría ocupe el sitio que le corresponde, lo ocupa la mala hierba que se expande y prolifera con facilidad. Y como, Dios los crea y ellos se juntan, los mediocres se posicionan y se rodean de más mediocres en un círculo vicioso sin fin, impermeables a cualquier luz de conocimiento, que suelen despreciar o, lo que es peor, tergiversar en su beneficio y justificación.

 

Y de pronto las circunstancias se tuercen, el desastre se cierne sobre nosotros y nuestra  sociedad confiada y acomodada tiembla. Miramos al líder de la manada y nos encontramos “al tonto del pueblo”, quizás buena persona, o no, rodeado de aduladores y carente del más mínimo conocimiento y con ninguna experiencia. El pánico da lugar a la improvisación, mientras jugamos con fuego y mientras la carne de cañón, que otros llaman héroes, caen como chinches,

 

Y ya no hay tiempo para reaccionar, todos al precipicio; alguna culpa tendremos también, ¿no?

 

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Pedro Antonio Morejón

Director ICEX Castilla-La Mancha
Pedro Antonio Morejón

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