El escritor y la vida

Vivimos una época en la que se han perdido las referencias que permitían encumbrar o destacar la valía de un escritor. ¿Por qué? Debido a que cualquiera puede publicar un libro con el sistema de autoedición; a que las redes sociales potencian que cualquier mindundi pueda alardear y triunfar con la medallita de escritor; la crítica literaria, que debería ser un faro para ayudarnos a seleccionar los buenos libros, muchas veces no hace su labor (la de ser crítica) porque está comprometida con los intereses de algunas editoriales, cuando no se trata de un compincheo entre amiguetes, etc. Esto hace que la literatura se sumerja en una especie de todo vale que es muy negativo, porque así es difícil expurgar lo prescindible de aquello que merece la pena, sobre todo ahora que se publica muchísimo, a punta pala.


Me encuentro con escritores que cometen faltas de ortografía, que no saben redactar ni colocar los signos ortográficos (a ver esas comas), que apenas han leído (porque cualquier escritor se inserta en una tradición y por eso debe aprender de los maestros), que utilizan la literatura como mecanismo de propaganda política para expresar su rabia y sus pajillas mentales, que se creen los reyes del mambo ya con su primera obra.


En mi biblioteca tengo una sección a la que denomino “purgatorio” donde están los libros dudosos, pendientes de la decisión de si me acompañarán o se irán. Les doy un tiempo y después de varias catas llega el donoso escrutinio: se van o se quedan. Y muchos se marchan, porque los dono o los dejo en diferentes sitios de la ciudad para que encuentren otro lector. ¡Nunca, como ahora, que se publica tanta morralla, he regalado o abandonado tantos libros!

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