El consumidor parte el bacalao

Nos sobran los motivos para defender nuestro aceite de girasol frente a los aceites vegetales que llegan de fuera. No así a las industrias, a quienes no les hace ni pizca de gracia que se conozcan demasiado nuestros motivos, no vaya a ser que cambien las tendencias del consumidor y se les acabe el chollo de fabricar con aceite ucraniano o aceite de palma (¡con lo barato que sale!).

 

De momento, las industrias se encargan de no ponérnoslo fácil: buscas en la estantería del supermercado y de los 21 tipos de galletas que ofrecen, solo uno se libra del aceite de palma. Si los consumidores tomáramos conciencia, elegiríamos productos elaborados con uno de los cultivos más tradicionales de nuestro país, y entonces, para ajustar la demanda con la oferta, a los fabricantes no les quedaría más remedio que utilizar aceite español para elaborar ciertos alimentos procesados.

 

Como toda la vida, porque hace treinta años también comíamos helados, galletas, bollería o aperitivos y, sin embargo, no importábamos las cantidades masivas de aceites vegetales que en la actualidad hay. Para hacernos una idea, en 2010 se importaban 400.000 toneladas de aceite de palma y ahora 2 millones; en nueve años se ha multiplicado por cinco las importaciones. Los motivos no son moco de pavo, pues hablamos de cosas tan serias como la sostenibilidad, o simplemente, porque me gusta lo mío, como hacen los franceses, acostumbrados a poner en valor lo que hacen en su país.

 

El aceite de girasol español es el más sostenible del mundo, pues es el único lugar que no permite el uso de neonicotinoides, unos insecticidas similares a la nicotina que afectan al sistema nervioso central de los insectos. Estas sustancias, de uso frecuente en todo el mundo en cultivos de maíz, girasol, colza y algodón, están sometidas a restricciones en la Unión Europea desde 2013, en aplicación del principio de precaución.

 

Por otro lado, la demanda creciente de aceite de palma por parte de las grandes corporaciones está impulsando la destrucción, contaminación y deforestación a gran escala de selvas tropicales de Malasia e Indonesia, poniendo todavía más en peligro a especies amenazadas como el orangután o el tigre de Sumatra.

 

Ni ambiental ni nutricionalmente el aceite de palma es una opción saludable; sin embargo, el aceite de girasol español es el más sostenible del mundo

 

Y peor aún, la expansión de plantaciones de palmera africana se ha asociado también a la apropiación de tierras pertenecientes a comunidades autóctonas y a abusos contra los derechos humanos. Desde el punto de vista nutricional, parece que no es una opción muy saludable, pues en los estudios que se siguen realizando, el aceite de palma no sale bien parado en lo que a los efectos sobre la salud se refiere. La misma Agencia Europea de la Seguridad Alimentaria (EFSA) publicó en 2016 un estudio científico relacionándolo con el cáncer.

 

Así que, como dice la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) en su informe sobre el aceite de palma, “lo mejor es limitar todo lo posible el consumo de alimentos precocinados, la bollería industrial y otros productos agroalimentarios procesados. En la medida de lo posible, lo mejor es preparar la comida en casa con aceites más saludables, como el de oliva o el de girasol”, aunque por tradición, en las despensas españolas para uso directo ya nos decantamos por esos tipos de aceites. Pero para los procesados, continúa la OCU, “es mejor elegir productos que sustituyan el aceite de palma por otro tipo de grasa más saludable, como por el ejemplo el aceite de girasol”, y añadimos nosotros, el español, pues tiene más garantías que el ucraniano, el brasileño, el argentino o el canadiense, por nombrar algunos de los principales países exportadores de aceite de girasol.

 

Los fabricantes están obligados a detallar en el etiquetado de ingredientes el tipo de grasa vegetal que emplean en sus productos, pero es difícil averiguar si esos alimentos se elaboran con aceite nuestro, porque la mayoría de las veces, la pipa de girasol se produce en los países de origen y el refinamiento del aceite en las industrias españolas. Vamos, todo un ejemplo de lo que no se debe hacer con la trazabilidad.

 

Además de la respetuosa producción del girasol español, esta oleaginosa tiene gran importancia desde el punto de vista ambiental, pues actúa como cortafuegos en el periodo estival, favorece la polinización, ya que la floración se produce en pleno verano, y propicia una rotación eficaz con la eliminación de malas hierbas de modo mecánico, evitando así el uso de productos químicos. A las industrias no les interesa demasiado desenmascarar al sector del aceite de palma, pero los agricultores y cooperativistas están deseando que el mercado de los aceites vegetales alcance la transparencia.

 

Por eso, desde ASAJA de Castilla-La Mancha impulsaremos la creación de una interprofesional, una de las mejores herramientas para consensuar intereses y unificar objetivos a lo largo de toda la cadena agroalimentaria, desde el productor hasta el consumidor, pasando por la industria y la distribución. Y estamos convencidos de que a los consumidores también les interesa. De hecho, creemos que somos muchos los dispuestos a pagar unos céntimos de más por las galletas, a cambio de las garantías sociales y medioambientales que ofrece nuestro aceite de girasol y así, de paso, incentivar la economía circular.

 

Apelamos a la complicidad de los consumidores para que demanden productos elaborados con aceite de girasol español y obliguen así a las industrias a retirar los aceites vegetales importados como ingrediente de muchos alimentos. Al fin y al cabo, quien compra es quien manda o, dicho de otra forma, el consumidor es quien parte el bacalao.

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José María Fresneda

Secretario general ASAJA Castilla-La Mancha
José María Fresneda

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