Economía del astronauta

Haace apenas unos días, los madrileños se acostaban sin saber si podrían salir de la capital, o entrar si fuera el caso, según la matrícula de su vehículo, debido a las altas concentraciones de dióxido de nitrógeno existentes y las nuevas medidas adoptadas por el ayuntamiento de esa villa y corte.

 

No voy a entrar en cómo se gestionan estas medidas tan “loables” de protección del medio ambiente, ni de la consideración que la clase política tiene hacia los ciudadanos que les elegimos y les pagamos. Me voy a centrar ante el hecho objetivo de la contaminación que nos rodea, que respiramos, que bebemos y comemos. Contaminación que a veces se ve, o entrevé, o que a veces nos agrede con nocturnidad y alevosía, como si de un enemigo invisible se tratase.

 

Términos como el calentamiento global o la capa de ozono, se han introducido en los programas políticos y se utilizan como arma arrojadiza entre gobiernos de distintos países, para poner de manifiesto que son otros los responsables de poner en peligro la propia existencia de la especia humana. El periodo desarrollista tras las dos grandes guerras se movía en un escenario muy diferente: el mundo era muy grande, cuasi-infinito, a modo de una ingente pradera o inmenso océano que se tragaba todo y que permitía a cada uno hacer casi lo que quisiera, sin miedo a que hubiera influencias negativas entre lo que yo hacía y lo que hacía mi vecino.

 

Era lo que se conocía como la Economía del cow-boy. Poco a poco la globalización nos ha ido poniendo de manifiesto que todo está mucho más cerca de lo que pensamos. Cualquier medida y sus efectos colaterales, se propagan por nuestro querido planeta azul, a una velocidad de vértigo: pandemias, contaminación, injerencias políticas, crisis económicas o financieras, guerras y actos violentos de todo tipo.

 

Vivimos realmente en una economía del astronauta; estamos todos en una pequeña cápsula espacial en la que todo nos envuelve a todos por igual y no importa ya tanto, quien es el responsable inicial, porque a todos nos va a afectar por igual, más pronto que tarde. Además, el desarrollo exponencial de las comunicaciones y la posibilidad que tenemos todos de acceder a innumerables fuentes de información, ha acelerado la sensación de inmediatez absoluta, y de que cualquier medida puntual o unilateral es, sencillamente, inútil.

 

El poder que tradicionalmente se otorgaba al control de la información, si es que todavía existe, lo es pero a escala mundial. El móvil inteligente que llevamos todos agarrado por miedo a que se separe más de veinte centímetros de nosotros, es un pequeño espía que lanza a la nube o a la deep web, información personal insospechada, para alimentar el hambre voraz de todo tipo de hackers a sueldo y variopintas organizaciones que se mueven en ese inframundo de la información, con objetivos manifiestamente encontrados.

 

Este matrix que fusiona lo real y lo intangible, el contacto humano y la realidad virtual, forma ya parte de nuestras vidas, queramos o no. Como algunos expertos en la materia nos recuerdan, internet se creó para compartir cualquier información y hacerlo de manera ágil, pero no tanto de manera segura. La sensación que me produce en pensar sobre todo ello, a sabiendas que probablemente solo veo la punta del iceberg, es de un cierto agobio, como si la cápsula del astronauta que mencionaba antes estuviera literalmente “petada” como diría mi hija, provocando una creciente claustrofobia y falta de aire que respirar.

 

No sé si alguno de ustedes ha tenido la curiosidad de ver una gota de agua “sucia” al microscopio: es lo más parecido a una jungla llena de vida que se mueve enloquecidamente de una lado hacia el otro; pero es una gota de agua al fin y al cabo, en un mar inmenso que cubre nuestro planeta, el cual es, a su vez, una mota de polvo en el cosmos cuasi-infinito que nos rodea. Así que, a pesar de todo, respiremos hondo, llenemos nuestros pulmones y olvidémonos del inframundo que pisamos, la cápsula será pequeña, pero la vista que tenemos puede ser genial. . .

Pedro Antonio Morejón

Pedro Antonio Morejón

Director ICEX Castilla-La Mancha
Pedro Antonio Morejón

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