Dos ancianos

No sé a raíz de qué hablé a mis alumnos sobre el valor de los ancianos. Les insistía en que en nuestra cultura occidental están considerados de una manera diferente frente a lo que suele suceder en Oriente.

En éste los ancianos tienen un carácter venerable, suponen una bendición para la familia. Representan una figura respetada y admirada, con autoridad porque tienen mucha vida a las espaldas y su consejo es como un faro que nos ilumina en la noche y nos advierte del peligro de los acantilados (que ellos conocen por experiencia).

 

Son muchos los que están sacando las castañas del fuego, pues representan un desahogo y una ayuda fundamental en muchos hogares en estos tiempos de crisis. Este respeto no se merma si llegan a la vejez con la salud deteriorada, pues han luchado mucho para sacar a sus familias adelante. Por decirlo con Tagore, quizá el río esté ahora seco, pero antes llevaba mucho caudal y de él se beneficiaron todos los que vivieron a su alrededor.

 

¿A cuento de qué digo todo esto? Pues porque recientemente han fallecido dos ancianos muy conocidos en Toledo y me gustaría resaltar algunas cosas de ellos, pues han dejado una honda huella en quienes los conocimos. Me refiero a Francisco Sanz (el señor Paco) y a Teresa Sánchez del Cerro (la señora Teresa).

 

El primero falleció en enero, y la noticia corrió como la pólvora gracias a Juanjo Fernández Delgado, que se puso en comunicación con su hija porque era raro que faltase a las actividades culturales que organiza el Ateneo, a las que era muy aficionado. La segunda, hace unas semanas, de forma repentina; se sintió indispuesta y murió en la ambulancia cuando era trasladada al hospital.

 

El señor Paco era un gran conversador.

 

Casi siempre me lo encontraba en la biblioteca del Alcázar y cerca del colegio donde voy a recoger a mi hija. Tenía un culturón impresionante, porque era un devorador de libros. Un día que lo llevé a su casa me hizo subir para enseñarme los libros que tenía en el salón y en las habitaciones e incluso en el trastero, donde había montado un minidespacho. Viajó mucho y eso le hizo tener una mentalidad abierta, libre de prejuicios y con un destacado espíritu crítico.

 

Recuerdo que en las últimas conversaciones hablábamos mucho del Greco (incluso había escrito un pequeño libro sobre él). Desde luego que a nadie dejaba indiferente, no lo digo por su indumentaria (siempre con traje y corbata) sino por sus modales exquisitos y por su magnífica oratoria (con una música muy peculiar). Era fácil encontrarlo en actos culturales, escuchando con atención (aunque la sordera fue avanzando en él poco a poco), e interviniendo en los debates con una naturalidad pasmosa.

 

La señora Teresa era mi vecina del primer piso. Era muy conocida en el barrio de Buenavista, donde se la veía casi todas las mañanas con el carrito de la compra a mediodía (ella me decía que lo hacía no tanto por comprar como por salir un rato). Era una mujer que llamaba la atención por su bonhomía y su carácter alegre. Era una gran conversadora, hablaba con todo el mundo, pequeños, medianos y grandes. Llevaba viuda un tiempo y estaba entregada totalmente a su familia (disfrutaba mucho de los bisnietos) y sus amistades.

 

Yo he hablado muchas veces con ella en la planta diáfana de mi bloque, donde bajaba a pasear. Todavía recuerdo que una vez me subió un frasco de zanahorias aliñadas caseras, porque en la piscina le comenté que me gustaban mucho (era una cocinera excelente). Le gustaba la costura y solamente la he visto con prisa cuando llegaba la hora del programa televisivo Pasapalabra, que le gustaba mucho, junto con Saber y ganar del inmortal Jordi Hurtado.

 

Todos los que conocimos al señor Paco y a la señora Teresa hemos aprendido mucho de ellos por la ejemplaridad de su comportamiento. Lo que queda de la vida, una vez que se desemboca en ese mar que es el morir, es el ejemplo de dignidad, de entrega, de lucha por la justicia, de bondad, que se ha sembrado por el camino. Eso hace especialmente dolorosa la muerte y al mismo tiempo nos interpela para mantener viva la memoria de quienes nos precedieron y destacaron por ofrecernos su luminoso ejemplo, del que en cierto modo somos herederos y, por tanto, continuadores.

 

El conocido psiquiatra Rojas Marcos afirma que la mujer española vive mucho porque habla mucho, que hablar es una fuente de salud ya que fomenta las relaciones personales y afectivas. No sé hasta qué punto es así. Lo que sí sé es que los dos ancianos a los que quiero dedicar este artículo eran unos grandes conversadores, sin prisas, con una sabiduría admirable y una afinada capacidad para escuchar, algo que no abunda hoy día. Despedían una calidez humana que se sentía al estar a su lado.

 

Eran como ángeles en este mundo y estoy seguro de que seguirán siéndolo allí en donde estén. Y sin duda les echaremos de menos, porque pusieron su granito de arena para que este áspero mundo (como decía Ángel González) fuera más humano, un poquito mejor.

nos

 

Santiago Sastre
Santiago Sastre

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