Del sufrimiento de escribir

Me acuerdo de que hace algunos años, en el 2002, el escritor francés M. Houellebecq fue sometido a un juicio acusado de ser islamófobo, por unas afirmaciones críticas que formuló contra el islam. Por supuesto, fue absuelto, pues en un estado laico la crítica a la religión es perfectamente legítima e incluso saludable desde un punto de vista democrático. Su amigo F. Arrabal pidió declarar para apoyar a Houellebecq y en el juicio argumentó que bastante sufrimiento padece el poeta o el escritor a la hora de escribir como para que luego vengan los demás con sus críticas y juicios a añadir más dolor a la sensibilidad del escritor.

 

Y esto es cierto. El escritor sufre por su sensibilidad, sufre en esta tarea homérica de escribir un libro (a la que le echa muchas horas, días e incluso años), sufre a la hora de poder encontrar un editor que le publique un libro, y está fuera de lugar someterle después a un proceso inquisitorial porque haga afirmaciones críticas o irónicas, amparado en su libertad de expresión.

 

La censura no es propia de una democracia. Lo importante en una democracia es la defensa a ultranza de la libertad y la educación para saber encajar las críticas, normales en un contexto de pluralismo ideológico y religioso. Otra cosa, como dije antes, es la ofensa gratuita y el insulto, que es algo indefendible. Pero mientras tanto hay que saber recibir las críticas. Sólo se debe recortar la libertad en casos muy excepcionales, muy justificados, porque la libertad es un valor con una fuerza moral fundamental en nuestras sociedades contemporáneas.

 

Sobre este tema me llevaron una vez a moderar una tertulia, organizada por el Ateneo de Toledo. Allí insistía en estas dos ideas: la religión (y me refería a la católica) debe hacer gala del amor y saber perdonar e incluso dar ejemplo poniendo la otra mejilla; y en relación con el arte o la literatura, también es verdad que la educación exige tener en cuenta la repercusión de lo que hacemos y decimos en los demás, de modo que hay que huir de la ofensa gratuita (cagarse en el padre de Fulanito), porque es difícil ver en este exabrupto una manifestación artística.

 

Pero puestos a elegir me quedo con la libertad, porque la noción de ofensa es relativa (lo que a unos ofende a otros no) y no podemos estar constantemente pensando en si ofendemos o no. Además, el sentido del humor y la crítica yo creo que son saludables para la sociedad y para el individuo.

 

Puestos a elegir me quedo con la libertad, porque la noción de ofensa es relativa y no podemos estar constantemente pensando en si ofendemos a otros o no

 

Hay un sufrimiento, además del de sentir y escribir, que es el de dar difusión de la obra, por ejemplo a través de la publicación. ¡Qué difícil y qué mundo tan ingrato, el de la relación con los editores, los periódicos, los críticos literarios, etc! Yo ahora no me puedo quejar, pero he visto de todo desde que saqué mi primer libro (que apareció con una enorme putada: iba firmado por un tal Santiago Lastre) y empecé a publicar artículos en la prensa.

 

Lo peor de todo ha sido la ingratitud, la sensación de que me hacían un favor al publicar mis artículos, el desprecio (porque los medios dan más protagonismo a la política y al cotilleo), la censura, la ignorancia (una vez me entrevistaron en la tele y el entrevistador no sabía si yo era un médico o un químico, y se trataba de hablar de mi último libro de poemas), el ninguneo, la falta de respeto (que no te digan ni cuándo salen los artículos), etc. Y esto me duele especialmente cuando lo veo en escritores muy cercanos a mí, que rebosan talento y tienen un don para escribir que me parece fuera de duda.

 

Todo esto añade un sufrimiento a la noble tarea de escribir. No se trata de alimentar el ego, ni nada de eso. Yo no aspiro ni quiero ser famoso (es peligroso meterse en esa dinámica, como he visto a muchos escritores, que han terminado muy amargados). Simplemente constato algo que he vivido y que sobre todo me duele que lo vivan determinados escritores.

 

Por eso entiendo las autoediciones, que circulen los libros en fotocopias, el vivir al margen, el distribuir los libros sólo entre los amiguetes (con tiradas cortas, como hice yo con mi libro Los lagartos llorones y otros poemas), con quedarse a vivir en una modesta cabaña solitaria fuera del runrún de los mecanismos habituales de difusión, a lo H.D. Thoreau.

 

Desde luego que la emoción y la felicidad de escribir siempre es más fuerte que el sufrimiento de dedicar esfuerzo a la escritura y a todo lo que conlleva la difusión de lo escrito; si no, habría dejado de escribir hace tiempo. Pero todos estos desprecios que sufre el escritor son lamentables.

 

Por eso hay que valorar al escritor, que busca encontrar una fuente de belleza en medio de un mundo que estaba bien hecho (dixit J. Guillén) pero que hemos deshecho y convertido en injusto nosotros. En medio de las ruinas puede posarse un jilguero y añadir unas gotas de hermosura con su canto. De eso se trata. Bienaventurados los escritores, porque con su sentir y sus sufrimientos tratan de hacernos este mundo más humano y con más puertas y ventanas. No sólo eso: hay que valorarlos como se merecen y ayudar a la difusión de su obra, y dejar de encumbrar a tanto cantamañanas y a tanto necio (que confunde valor y precio, como decía Machado).

 

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Santiago Sastre
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