DEL DESIGN FESTIVAL 2019 a Nueva York:

 

Los tradicionales y típicos bordados de Herreruela de Oropesa pasan por su mejor momento, revalorizados como piezas sofisticadas y de última tendencia expuestas en una galería de arte contemporáneo.

 

Raquel Álvarez, Ana Velázquez y Petra Castaño muestran una magnífica colcha. Fotos: Gómez Herruz

 

Los dedos de Raquel Álvarez se mueven con delicadeza y una agilidad pasmosa. Ha bordado desde que era una niña. Auténticas obras arte sobre sedas o linos encargadas por particulares para los ajuares de las hijas cuando era costumbre hacerlo y, también, para las familias más acaudaladas de este país que suelen pedirle que estampe en hilo sus iniciales, escudos o emblemas para personalizarlas aún más. Sus bordados han llegado a la Casa Real. Siempre con discreción.

 

Como Raquel, Petra Castaño y otras muchas mujeres de su generación en Herreruela de Oropesa se han ganado la vida bordando en casa. O lo han intentado, porque por este oficio artesano que requiere una exquisita precisión y mucha dedicación apenas han estado recibiendo entre dos y cinco euros por hora, dependiendo del encargo y quién lo hiciera.

 

Han estado bordando sobre todo para otros talleres artesanos que se han hecho un nombre comercial o arrastran la fama de su localidad, que les encargan el trabajo y luego lo venden como propio y mucho más caro, incluso pidiéndoles que lo firmen en hilo con su marca, cuentan las bordadoras de Herreruela. “Este trabajo tiene un valor enorme que nunca se ha valorado y yo no creo que llegue a valorarse”, lamenta Raquel Álvarez.

 

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