Cuento de Navidad: TATIANA, el hada perdida de la plaza de Andaque

De FERNANDO RÚIZ DE LA PUERTA.

 

Dedicado a MARINI.

 

No sé si estoy vivo o muerto, ya que las vivencias que he tenido en la plaza de Andaque son más propias de una persona que está desencarnada. Llevo muchos años viviendo en la plaza, un pequeño rincón con unas excelentes vistas de Toledo, del río y del famoso arroyo de la Degollada. Andaque es una palabra de origen árabe que significa precipicio, y efectivamente la plaza termina en un talud que cae directamente a la casa del Diamantista y al río.

 

Llevo muchos años viviendo en este lugar, tantos, que no recuerdo ya si nací allí o algún día muy lejano fui a parar allí. Los muchos años que arrastro casi me han borrado los recuerdos de mi niñez; los pocos que aún conservo en la memoria son las maravillosas noches de Navidad que pasaba con mis seres queridos, pero eso no duró mucho, y siempre durante muchos años, he pasado la noche de Navidad en la más absoluta soledad.

 

Siempre me ha interesado, intelectualmente hablando, el mundo de los seres elementales: hadas, elfos, silfos, duendes, etc. Y me atrevo a decir que hasta que me ocurrió la experiencia que voy a contar, había días que me sentía como si pudiera ver y hablar con estos seres encantados, pero todo lo atribuía a mi imaginación y a la absoluta soledad que me rodeaba; era una casa bonita, con inmejorables vistas al río pero tremendamente triste.

 

Un día del mes de diciembre, faltaban dos o tres noches para el día Navidad, estaba mirando las estrellas a través de las rejas del pequeño patio que me conectaba con la plaza, y algo me llamó la atención: un ser no humano, semitransparente, de pelo rubio y ojos azules, ligera de peso y con el don sobrenatural de flotar en el aire, que transmitía una paz y dulzura inconmensurable, me estaba mirando fijamente.

 

Le pregunté quien era y me dijo:

-“Soy Tatiana, un hada que vive en el Palacio de las Hadas que hay en arroyo de la Degollada”.

 

Me di cuenta de que su lenguaje no era físico, producido por cuerdas vocales, sino que me había hablado telepáticamente. Le pregunté qué hacía allí, por qué había entrado en mi casa. Me explicó que quería conocer a los seres humanos, porque todo lo que sabía de nosotros, no eran más que leyendas y cuentos fantásticos que circulaban por el mundo de las hadas (lo que en algunas ocasiones había oído contar a duendes, gnomos y beyeyes).

 

Yo le dije que creía que hacía muchos años había conocido un beyeye (que era una clase de duende tremendamente beneficioso y cariñoso con los niños pequeños). Tatiana asintió con un gesto afirmativo de su cabeza. Me di cuenta de que conforme pasaban las horas, Tatiana se comunicaba mentalmente conmigo y yo con ella, pero si la hablaba con mi voz natural también me oía. Pasamos muchas horas hablando. Casi nos amaneció, cuando ella me pidió quedarse a vivir conmigo durante un tiempo y conocer a un ser humano.

 

Me emocioné tanto, que lloraba como un niño pequeño. Por supuesto, en mi pequeña cueva cabíamos los dos. Fue entonces cuando me dispuse a contarle cómo eran las personas humanas: comportamiento, pensamiento, emociones, etc., cuando me asaltó la duda de por qué se había parado en el patio de mi casa, por qué entró ahí y no en la de otro vecino. Tatiana me lo explicó sin dudar:

 

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