Cuarenta años de las CCOO

El pasado 11 de julio se celebró el 40º aniversario de la Asamblea General de CCOO en Barcelona. Al hilo de dicha efeméride la Confederación Sindical de Comisiones Obreras organizó una jornada conmemorativa en la misma ciudad y en el lugar (Iglesia de Sant Medir en el barrio de Sants) donde aquella tuvo lugar.

La importancia histórica de aquel evento deviene del carácter fundacional de las CCOO como organización sindical, es decir, del impulso definitivo para pasar de lo que era un “movimiento de trabajadores” a una organización sindical. Aquella asamblea se había celebrado aún de forma ilegal y con una prohibición expresa del entonces ministro de la Gobernación y vicepresidente del Gobierno Manuel Fraga Iribarne, mientras se había tolerado y celebrado con autorización gubernamental el 30º congreso de la UGT en el mes de abril.

 

 

Siguiendo, por tanto, la puesta en marcha de lo acordado en dicha asamblea, el 17 de octubre de ese mismo año la denominada entonces Coordinadora General aprobó la transformación de las CCOO en un sindicato de clase y unitario bajo la denominación de Confederación Sindical de Comisiones Obreras, eligiendo Secretario General a Marcelino Camacho. Esta reunión tuvo lugar en el local de los abogados de la calle Atocha 55 en Madrid, el mismo lugar donde pocos meses después la ultraderecha cometería el asesinato de los compañeros laboralistas conocido como la “matanza de Atocha”.

 

Traigo estos datos a colación en el presente artículo no solo porque son parte muy importante de la memoria y de la historia reciente de este país, sino por la ausencia de referencias significativas en los medios de comunicación, absortos en los avatares del largo culebrón del verano en torno a la formación de gobierno y que refleja bien a las claras el desinterés con el que se trata el hecho sindical en su conjunto, incluyendo los elementos históricos que formaron parte de la ruptura democrática con el franquismo y el período constituyente que se abrió igualmente en el terreno sindical con sus formas y ritmos específicos.

 

Conviene recordar que la legalización de los sindicatos de clase tuvo lugar con posterioridad a la de los propios partidos, y que fueron las importantes luchas obreras durante los inciertos años de la Transición y particularmente en el año 1976 (promovidas en gran medida por las CCOO) las que rompieron los intentos de perpetuación del régimen haciendo caer el gobierno de Arias Fraga y abrieron paso a la democracia en España y a un sistema de derechos y libertades.

 

Cuando en estos momentos de crisis económica, social e institucional se aborda con gran ligereza la aportación de la democracia al país y se confunden interesadamente desde sus conceptos hasta la contribución de sus actores, conviene recordar la aportación del movimiento obrero y sindical no solo a la consolidación de la democracia y las libertades en cuya consecución fue determinante, sino a la conquista de los derechos sociales y particularmente a la configuración de un verdadero estado del bienestar.

 

Y en un contexto de crisis como el actual, donde la ofensiva por la desregulación del mercado de trabajo y la precarización del empleo solo encuentra oposición real en el movimiento sindical de clase, las campañas mediáticas que cuestionan el papel de los sindicatos, negando a veces su propia razón de ser, se solapan también con el olvido más interesado no solo sobre su papel social sino incluso sobre su propia aportación histórica.

 

Reconociendo, como no puede ser de otra manera, la necesidad de introducir cambios organizativos que acerquen más el sindicato a los “nuevos” trabajadores y trabajadoras, ajenos ya en muchos casos a los viejos sistemas de producción fabriles e inmersos en un mundo laboral cambiante y precarizado, hay que seguir poniendo en valor la necesidad de ayer y de hoy de organizarlos y sindicalizarlos. Solo unos sindicatos fuertes podrán enfrentarse a las patronales y los gobiernos y defender el empleo, los derechos y las condiciones laborales cada día más puestos en cuestión.

 

Por ello, la reivindicación de cierta parte de la historia tiene su valor. La desmemoria y el olvido forman parte del mismo intento de deslegitimación del movimiento sindical; de su papel ayer y sobre todo de su contribución fundamental hoy. Esperemos que el intento no triunfe.

 

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Juan Jose Gonzalez
Juan Jose Gonzalez

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