Conventos abandonados

En los últimos días la muerte ha teñido de negro el clero catedralicio. Lo digo por el fallecimiento de los sacerdotes Cleofé Sánchez y Ramón Gonzálvez, que fueron canónigos de la Catedral. A don Cleofé lo veía de vez en cuando por el barrio de Buenavista y siempre nos parábamos (nunca lo vi con prisa) a charlar un momento. Era una persona muy afable, con don de gentes, con mucho sentido del humor y un sabio.

 

Con don Ramón tuve ocasión de hablar más veces, pues fue compañero en la Academia. Era un hombre excepcional; un historiador de raza, es decir, que bucea directamente en los documentos antiguos y con una formación apabullante; sin duda, era uno de nuestros mejores historiadores medievalistas (son clásicos sus estudios sobre san Ildefonso, su interés por ubicar el monasterio en el que éste fue abad –defendió que se encontrarán los restos en la Peraleda- y además un impulsor de la defensa de la zona arqueológica de la Vega Baja).

 

Los dos tenían algo en común: les gustaba leer poesía (supongo que a don Cleofé la afición le vendría empujada por los textos de su sobrino, el poeta Jesús Maroto) y no eran intelectuales encerrados en su mundo, sino abiertos a las actividades de los jóvenes, siempre con el ánimo de ayudar y seguir sus investigaciones. Esto lo pude comprobar con don Ramón. Se trata de una gran pérdida, de dos personas que han dejado una gran huella en la historia de Toledo y en la memoria de quienes los conocimos.

 

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Santiago Sastre
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