Otoño del 78

Pertenezco al régimen del 78. Pido perdón por haber votado favorablemente aquella Constitución que hoy sigue en vigor y pido perdón porque nunca me he arrepentido de ello, tampoco lo hago ahora. Soy un sentimental y aquella época de ilusión, de sensaciones, de esperanza, de pensar que se estaba haciendo algo nuevo y bueno la tiene uno grabada en lo más profundo del subconsciente y del consciente y no renuncio a ello por nada del mundo.

 

Es difícil transmitir a quienes no vivieron esa época por edad, o que por otras causas no llegaron a alcanzar a ver el camino que se estaba abriendo, el sentimiento que entonces había. Con sus problemas, muy gordos entonces, mucho más graves que ahora; pero con una ilusión por superarlos y participar en esa superación que ahora no se vive. Estamos a tiempo.

 

Es verdad que no puede hipotecar el presente aquel momento histórico; pero menos aún el presente puede denigrar a aquel momento histórico. Lo intentan hacer quienes han acuñado el término “régimen del 78”, procurando una especie de asociación al régimen del que entonces veníamos. Es difícil cometer una injusticia política mayor que esa y solo cabe pensar que proviene o bien de la ignorancia de politólogos que nunca llegaron a las últimas lecciones de la Historia de España, porque el curso acabó antes, o de una verdadera mala fe política en la que todo vale, aunque no se sabe bien para conseguir qué.

 

En el 78 veníamos de un pozo muy negro y la mayoría de los ciudadanos éramos conscientes de que teníamos que salir todos juntos o no llegaríamos a la boca.

 

Ha tenido que ser el enorme ataque a la Constitución por parte del ex gobierno de Cataluña el que nos ha hecho valorar lo importante que ha sido y es para nuestras vidas en las últimas décadas. Al igual que nos damos cuenta de que “lo importante es la salud” el día de la lotería de Navidad o cuando estamos enfermos, nos hemos percatado de la importancia de la Constitución cuando se ha tambaleado. Una Constitución que ha recibido muchos embates, no solo el de Cataluña. Antes el del terrorismo, después el de la enorme corrupción política y más adelante el de una gravísima crisis económica que todavía lo es para amplias capas de la población. Problemas, todos estos, que es en el cumplimiento de la Constitución donde se encuentra la solución. Aunque haya que cambiarla en aquellos puntos en los que falta claridad, por aquello de que cuando se aprobó convenía no concretar para no herir sensibilidades de unos u otros, en busca del máximo consenso, o cambiarla para acoger nuevas situaciones que entonces ni nos imaginábamos o que ya resultan arcaicas.

 

En el 78 veníamos de un pozo muy negro y la mayoría de los ciudadanos éramos conscientes de que había que salir todos juntos o no llegaríamos a la boca. Los partidos políticos con más de un pie en el régimen anterior no quisieron participar, el caso más claro fue el de Alianza Popular, del que nació el Partido Popular, y los españoles los dejaron en minoría. Las otras reticencias provenían de los planteamientos más nacionalistas. Curiosamente en Cataluña un 90,5% de los votantes apoyaron la Constitución en el 78, en Castilla-La Mancha el apoyo fue del 84,3% de los votantes, el más bajo de España exceptuando el País Vasco y Navarra. Aunque la participación en Castilla-La Mancha fue del 73,8%, la más alta de España. Unos extraordinarios resultados fueron los que se dieron en aquel referéndum en favor de la Constitución, de hecho ese es uno de los motivos de su durabilidad. Eso y que quienes la critican y descalifican no han sido capaces de contraponer un modelo distinto de convivencia. Han sabido descalificar, en Cataluña lo han hecho con España y algunos partidos con el “régimen del 78”, confundiendo comportamientos penales y políticos (corrupción y recortes sociales mayoritariamente) con aquel espíritu constitucional; pero no han ofrecido alternativa. O al menos a mí se me ha escapado cuál.

 

Dicho esto, y siendo partidario de acometer las reformas constitucionales necesarias, han pasado ya muchos años como para no ponerse a la tarea, no veo en el horizonte mucha posibilidad de acuerdo y menos aún capacidad de mejorar lo que tenemos.

 

 

Francisco José Gómez Herruz
Francisco José Gómez Herruz

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