Cómo se viene la muerte

El poeta Jorge Manrique se hizo célebre por identificar la vida con un río (que tiene su curso alto, medio y bajo) y que termina desembocando en el mar, que es el morir, en sus conocidas coplas a la muerte de su padre Rodrigo Es ese mar el que le lleva a exclamar a Machado, después del varapalo de la muerte de Leonor, ¡ya estamos solos mi corazón y el mar!

 

Tarde o temprano nos espera esa desembocadura terrible a todos. Los verdes campos del edén es una obra de teatro de Antonio Gala que ganó el premio Calderón de la Barca en 1963 y que se desarrolla en un cementerio (un hombre que no tiene dónde caerse muerto decirse irse a vivir a un panteón familiar). Viene encabezada con la siguiente cita de Eugène O’Neill: “Dicen que existe la paz en los verdes campos del edén. Hay que morirse para averiguarlo”.

 

Noviembre es un mes propicio para hablar de la muerte (yo estrenaré este mes en tierras alemanas: en Berlín). La filosofía zen nos advertiría que en la vida hay muerte y que en la muerte hay vida, que la vida nos enseña a no separar la muerte de la vida. Por estas fechas era costumbre representar el Juan Tenorio, en el que hay un gran protagonismo de la muerte y del cementerio (por cierto, ¡qué triste que Zorrilla vendiese los derechos de esta obra a su editor por cuatro perras, pensando que sería una obra que pasaría a la historia sin pena ni gloria!

 

 

A veces los autores tienen poca confianza en sus obras, sí). Tenorio es un gran calavera, un balaperdida, un cabronazo que no puede evitar enamorarse de verdad de doña Inés y que luego, como Dimas en el calvario, se salva por los pelos en el último momento, en la prórroga, así es la vida.

 

A mí me gustan mucho los cementerios. Uno de los que más me impactó fue el parisino de Père Lachaise, donde estuve hace algunos años. Al entrar puedes conseguir un plano para buscar las tumbas de personas célebres, como las de Oscar Wilde (que es un ángel con testículos, al que recubrieron después con cristal para evitar los excesos de los seguidores de este escritor) y la de Jim Morrison. Hay muchas tumbas muy originales, con esculturas curiosas, con mensajes o epitafios que impresionan.

 

Mi amigo Amador Palacios publicó hace tiempo un artículo, que además recibió un premio, sobre el cementerio de Tomelloso como si fuera nuestro Père Lachaise manchego, pues allí se encuentran enterrados escritores importantes (a los que personalmente admiro mucho) como Francisco García Pavón, Eladio Cabañero y Félix Grande. A mí me gusta pasear de vez en cuando por el cementerio de Toledo, sobre todo los sábados por la tarde. Y me acerco a ver la tumba de un querido amigo que… falleció, ay, demasiado pronto.

 

Me apetece andar entre la afilada quietud de los cipreses, sentir la compañía de la muerte (que tarde o temprano nos llegará) y estar rodeado de todos los que estuvieron vivos y ahora están, igual que esa gota que se evapora, pero de otra manera (la gota se ha convertido en vapor de agua). La muerte tiene un peso enorme para valorar y para saber cómo se debe de vivir la vida. Mientras paseo por los pasillos del cementerio siempre me acuerdo de un verso de José Hierro: “Serenidad, tú para el muerto, que estoy vivo y pido lucha”. Y también de otros versos de José Luis Martín Descalzo: “Morir sólo es morir, morir se acaba”.

 

Cuando explico a algunos filósofos en mis clases me gusta contarles algunos aspectos de sus vidas, cosas curiosas de su biografía. Y también suelo aludir a cómo encararon su muerte, con sus miedos y rarezas. Para eso es muy útil un libro, que es una tesis doctoral, titulado “El libro de los filósofos muertos” de Simon Critchley, que narra con brevedad cómo murieron 190 filósofos. Cada uno tiene que vivir su propia muerte, no hay dos muertes iguales, y tiene que afrontarla a solas, tête a tête. Todos tenemos un anhelo de trascendencia.

 

Yo me niego a pensar que lo que soy se pueda limitar a un puñado de huesos y elementos físicos, igual que los ordenadores se reducen a cables y circuitos. Pero esto forma parte del mundo de mis creencias, de lo que yo pienso y siento acerca de lo que es mi identidad. Lo que no cabe duda es que la muerte es una gran putada. Pero hay una manera de hacer que esa muerte no sea terriblemente dolorosa: la de conseguir que nuestra vida esté comprometida con la belleza y la disfrutemos con dignidad, haciendo lo posible para que los demás también puedan considerar que su vida es valiosa.

 

Esto lo he pensado muchas veces. No se trata de ser un héroe ni nada por el estilo, no, sino de dejar huella en nuestra vida cotidiana, sabiendo vivir, como dirían los estoicos, y tratando de dignificar también la vida de los demás. Si la vida es un regalo, hay que aprovecharlo y ennoblecerlo con lo que hagamos. Nos queda dejar la memoria de ser buenas personas en el aquí y ahora, en este mundo.

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Santiago Sastre
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