Cómo evitar la impotencia en las despedidas

 

Hemos pasado por todos los momentos emocionales posibles, unos con más gravedad e impotencia emocional,  cuando se trataba de seres queridos, que se han ido, y que primero, han fallecido en un espacio de tiempo en el que no es fácil poder  anticipar y mucho menos asumir ese final, se han ido sin poder aferrarse al amor y a la cercanía de su familia, y menos mal que sanitarios y otras personas que se están dejando la vida, han estado ahí en todo momento. La crueldad de este trance que ahora “no tocaba” y para el que nadie estábamos preparados, nos está dejando lecciones de autenticidad,  de valorar lo mínimo, lecciones sobre  la capacidad del ser humano para  sentir, sin dejar pasar lecciones de que en un suspiro puede irse  todo sin que podamos dar marcha atrás.

 

Ese dolor de las personas que no han podido estar ni despedirse como tradicionalmente necesitamos los humanos, ese dolor que nos crea odio hacia quien decide que sea así, tan radical, ese odio es muy difícil de canalizar. Es la imposición sobre la imposibilidad de manifestación de sentimientos a quienes queremos, aún después de fallecidos, es la prohibición de expresar nada,  nuestro amor, es un duelo absolutamente inadaptado, inexistente.  Si ya cuando fallece un ser querido necesitamos estar ahí, con él, ahora no asumimos esa despedida  imposible, para siempre, y por una decisión que nos llega  de alguien como caprichosa casi, como una decisión superficial, vanal, que podría haber sido cualquier otra y no precisamente esa. Y bueno, yo siempre digo que quien se va, damos por hecho que lo está haciendo sin sufrimiento, sí  quizás el del apego emocional mientras está consciente, y los demás, que estamos aquí, ya gestionaremos con o sin ayuda este duelo, esta pérdida que en esa precisa persona no queríamos ni esperábamos que fuese a ser así.

 

Algo que ayudará en este proceso de duelo patológico será expresar en una carta, en una grabación, de la forma que queramos, lo que sentimos, lo que les hubiésemos dicho y que seguro les ha llegado de alguna manera. Poner fotos suyas, no hacerlas desaparecer aunque nos sensibilicen, tenerles presentes en todos los rincones, porque aunque al principio nos hará sentir la pena, la frustración, la rabia, terminaremos sonriendo viéndoles en las fotos, poniéndoles sonrisas, conversaciones, momentos inolvidables que nunca se borran de nuestra memoria ni de nuestro corazón.

 

Atormentarnos con un sentimiento de impotencia no va a cambiar nada, pero colocarlo con expresiones  y sentimientos, del  tipo que sea, es necesario. No hay normas establecidas para gestionar las pérdidas, pero sí libertad para hacerlo, cada uno como necesite, y hoy, por imposición , no podemos. Como personas, necesitamos sentir que la despedida ha sido la que necesitábamos. El proceso de duelo no es el mismo ante una muerte por razones naturales, con una enfermedad previa, algo que aunque te arrebata  a esa persona no te imponga no estar a su lado cuando, por naturaleza y aprendizaje, necesitamos que sea así.

 

Siempre imaginar, visualizar a ese ser querido, en momentos gratificantes nos ayudará a gestionar su “pérdida”, entre comillas porque nunca es una pérdida del todo, es una pérdida de imágenes reales pero no de imágenes mentales, bonitas, que siempre estarán ahí para poder disfrutar de ellos… y quién sabe, si ellos de nosotros.

 

Voy a decir algo muy personal que a mi me ayuda ante una pérdida. Ser creyente te facilita este proceso. Yo pienso que la ciencia es incapaz de demostrar que después de la muerte no existe nada, pero tampoco es capaz de demostrar que después existe algo. La religión tampoco, es una cuestión de fe, pero como mecanismo psicológico de protección, me aferro a pensar que ante la no demostración de nada, esas personas a las que quiero y que no están, siguen “ahí” de alguna manera protegiéndote y escuchándote, porque hablar con ellos mentalmente, es una acto que nos gratifica y nos hace sentir protegidos.