¿Ciudadaqué?

O Albert Rivera es un quintocolumnista, o ha perdido el juicio político, o es verdad lo que dicen mucho de sus mentores cuando se refieren a él como un adolescente, mimado y muy cercano al repelente niño Vicente, o las tres cosas. Si no, no se explica el poder territorial que le ha entregado a su aparentemente rival político, Pablo Casado, que de estar de cuerpo presente (políticamente hablando, claro)

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en el hall de Génova por los desastrosos resultados cosechados el 28-A y el 26-M ha pasado a convertirse en una estrella emergente capaz de eclipsar a todos los líderes “peperos”, desde el gallego Alberto Núñez Feijóo al andaluz Juan Manuel Moreno Bonilla. Nadie en el PP discute su liderazgo y su proyección personal, que va como un tiro a pesar de ser el peor candidato que los “genoveses” han presentado desde 1979.

 

Y es que Casado se ha dejado en la gatera electoral nada más y nada menos que tres millones y medio de votos y la escandalosa pérdida de 71 escaños. Y todavía los suyos le rinden culto y pleitesía. ¿Cómo es posible que con unos resultados desastrosos haya conseguido  mantenerse al frente del PP, llegando a postularse como candidato a presidir el Gobierno, siempre y cuando  Pedro Sánchez diera un pasado atrás (esto parece un chiste, pero es verdad)?

 

La respuesta solo la tiene Rivera y su panda de adolescentes, que en vez de darle la puntilla y alzarse como claro jefe de la oposición, le ha proporcionado a Casado el oxígeno suficiente como para iniciar la remontada y asestar a Ciudadanos un golpe del que a buen seguro ya no se repondrá en su vida, al menos hasta que Albert y su pandilla del acné lleven las riendas de Ciudadanos, que gracias a su enfermiza y patética cruzada contra el PSOE y Sánchez el PP ha conseguido resucitar y armarse de un poder territorial superior al partido ganador de las elecciones autonómicas, que no fue otro que los socialistas, consiguiendo destacadas, pero insuficientes, victorias en comunidades donde los peperos tenían su reserva espiritual, como es el caso de Castilla y León, Madrid o Murcia.

 

Y todo gracias al decidido apoyo de Ciudadanos, que no se lo ha pensado dos veces y le ha entregado al PP las llaves de un enorme poder a cambio de nada o de casi nada. Empezó con Andalucía y ha seguido por Madrid. ¿Qué saca Rivera de todo esto? Ni las migajas del banquete “popular”. Unas  cuantas vicepresidencias y una cuantas consejerías y el logo de Vox tatuado a fuego en la frente de Rivera. Eso es lo que ha logrado el gran estratega que dice ser catalán, pero que ha huido de la sardana y de los calÇots al romesco como alma en pena, acompañado, ¡faltaría más!, por su panda de adolescentes (Arrimadas, Guirauta, Villegas…).

 

Y todo gracias al decidido apoyo de Ciudadanos, que no se lo ha pensado dos veces y le ha entregado al PP las llaves de un enorme poder a cambio de nada o de casi nada.

 

Hizo amago de pedir la presidencia o la alcaldía de Madrid, pero nada más que el secretario del PP, el ínclito Egea, le miró a los ojos y le dijo de todo menos bonito, nunca más volvió a postular a su partido en ninguna otra presidencia autonómica. Pero no, Rivera se encuentra cómodo con su papel de quintocolumnista y está encantado de haberse conocido cuando hace algo más de una década se paseaba en pelota picada por los espacios electorales dedicados a la pegada de carteles.

 

¡Ay! qué tiempos aquellos cuando Ciudadanos era socialdemócrata,  y se sentía más próximo a los postulados del centroizquierda que a los que hoy abraza sin esconderse: la extrema derecha, que se lo ha llevado al huerto de la ignominia de donde saldrá más que trasquilado. Y es que es difícil entender a un líder que aspiraba a desbancar del trono centrista al PP y convertirse en un partido con claras opciones a presidir el Consejo de Ministros. Y era tan fácil como dejar caer a Pablo Casado dándoles Castilla y León y Madrid a los socialistas, que como decimos ganaron las elecciones en votos y en escaños.

 

Además, Rivera tenía la excusa perfecta: permitir a la lista más votada presidir aquellas comunidades en las que hubiera ganado. Casado todavía le está dando las gracias a Rivera; todavía no se cree que resida en la séptima planta de la sede “popular” de Génova, y mucho menos que gracias a su contrincante pueda reorganizar su estrategia y volver al campo electoral con un determinante objetivo: convertir a Ciudadanos en “¿Ciudadaqué?”, y a Rivera en una marioneta rota al servicio de la derecha más derechona de cuantas han confluido en el PP.

 

    

Carlos Iserte

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