Círculo crítico

Hay dos momentos en el año en que nos conjuramos en cambiar ciertas rutinas de vida: en Año Nuevo y después del verano. En este último caso la prioridad número uno es la de luchar contra esa tripita cervecera o nalgas bamboleantes, que exhibimos sin pudor en la playa y que nunca pensamos que hubiera la cosa ido tan lejos. Dieta cuasi-vegetariana y vuelta al gimnasio, se transforman en un verdadero reto.

 

Cierto es que mi querida abuela, que vivió 103 años, repetía sin cesar que “el que carne come carne cría y el que hierba, porquería” –yo tomo en gran consideración todo lo que decía mi abuela en temas culinarios, en espera de que haya heredado alguno de sus genes de longevidad -. El segundo compromiso, el de hacer ejercicio, suele ser flor de un día, o flor de fin de semana, en que ves correr, con caras congestionadas a innumerables “cincuentañeros” (me niego a utilizar el correcto término académico de ciencuentón, porque, a esa edad, y yo me incluyo, no nos merecemos ese calificativo, a todas luces peyorativo).

 

La visita a un gimnasio es toda una sesión de antesala de psiquiatra. Se mezclan esbeltos cuerpos juveniles (que no sé a qué van), con casos imposibles salvo que uno decida, directamente, pasar hambre. En cualquier caso, hay una visión mucho más técnica de sala de musculación a la que me he referido y cuya explicación física me interesa destacar. Esos músculos prominentes, abdomen a tabletitas y siluetas fusiformes, son el resultado de una lucha a muerte entre el músculo y la pesa: el principio físico de acción y reacción. El ejercicio reiterado pero light quema grasa pero no genera músculo. Es justamente el llegar al punto extremo en que el brazo casi no puede con la mancuerna o la pierna echa humo en el spinning, cuando el músculo respectivo crece.

 

La vida es una eterna lucha de acción y reacción: solo el sufrimiento forjaba al guerrero espartano. El entrenamiento diario en el límite del esfuerzo es el día a día del deportista de élite, del músico profesional o del científico que lucha contra una enfermedad o la limitación humana. El nivel del reto al que nos enfrentamos, del esfuerzo que se nos exige o de las dificultades que hay superar, determinan el nivel del éxito final que consigamos. En definitiva, el éxito está íntimamente ligado al sacrificio. Todos, en alguna faceta o etapa de nuestra vida, hemos podido corroborar este hecho. Sin embargo esta estrategia genera dolor y a nadie le gusta sufrir en exceso.

 

De hecho, a nadie le amarga un dulce y esa vida cada vez más edulcorada, se vuelve en una golosina que nos transforma en seres obesos. Si profundizamos un poco más, yo diría que el ingrediente azucarado es al cuerpo lo que la adulación es al espíritu. Entornos blanditos, lisonjeros, en que las personas que nos rodean no paran de darnos coba, no desarrollan músculo en el espíritu, ya sea personal o social. Todos estamos hartos de ver séquitos de asesores serviles, cuya lisonja al jefe no hace sino debilitarle y propiciar su caída.

 

Pero, quién le pone el cascabel al gato; quién se atreve a decir la verdad, aunque solo sea “su verdad”. Yo creo que la fuerza de las sociedades, de los grupos humanos y, en último término, de la propia persona, consiste en rodearse de un círculo crítico, que recuerde siempre a las estructuras de poder que “polvo somos y en polvo nos convertiremos” y que la dura realidad nos hace siempre mucho más fuertes que vivir en una burbuja de cristal. Todo ello nos aproxima al ser humano que somos y nos reconcilia con los seres humanos que nos rodean; y el hacernos más humanos nos hace más libres y más fuertes, difíciles de encasillar y de ser manejados.

 

La vida es un gran gimnasio para el alma, gratuito, con libertad de horario y con todo tipo de actividades. Además, no es necesario contratar ningún personal trainer, lo llevamos ya de fábrica: nuestra conciencia, ese Pepito grillo que siempre nos acompaña y al que tan pocas veces hacemos caso. .

Pedro Antonio Morejón

Pedro Antonio Morejón

Director ICEX Castilla-La Mancha
Pedro Antonio Morejón

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