Cerditos salvajes

Hace poco hice un viaje a Coimbra con mis dos amigos del alma y del cuerpo: los profesores M. A. Pacheco (Mígue) y F. Sánchez (Pacorro). Ellos están haciendo un máster en esa célebre ciudad portuguesa y allá que me fui como acompañante. Ya me fui con ellos en otra ocasión, de modo que ésta era la segunda escapada. Íbamos en plan cerdos salvajes.

En 1997 Walt Becker hizo la película Cerdos salvajes (que lleva como subtítulo Con un par ….de ruedas) en la que unos amigos (interpretados por actores como Tim Allen y John Travolta) deciden romper con su rutina y hacer un viaje liberador con las motos, sin móviles, divirtiéndose a tope, bañándose en pelotas en una laguna, durmiendo en el saco de dormir cuando cae la noche.

 

Nosotros no íbamos en motos, sino en un coche de sustitución (el de Mígue estaba en el taller), llevábamos nuestros móviles, íbamos sin GPS, dormíamos en un hotel y tomamos toda la cerveza que pudimos. No fuimos cerdos, sino lechones. Nada más entrar en Portugal, pasada la frontera, tenemos la tradición de parar en un bar a tomarnos una bifana (un bocadillo con un filete) y una cerveza. Antes de llegar a Coimbra hicimos escala en Guarda.

 

 

Visitamos algunas de sus calles y su espectacular catedral. Después quisimos disfrutar del mar y por eso nos acercamos hasta la playa de Mira. Allí nos tomamos una cazuela de bacalao impresionante, por poco dinero. Incluso vimos cómo pescaban en la playa con redes que tiraban unos tractores. Nos acercamos a Aveiro; es exagerado decir que es la Venecia portuguesa, pero es una hermosa ciudad. Después fuimos a otra playa impresionante: la de Tocha. Estas son playas salvajes, sin moles de edificios alrededor, con mucho viento (por eso no hay sombrillas: hay unas casetitas que alquilan) y muy cuidadas.

 

Nosotros no íbamos en motos, sino en un coche de sustitución, llevábamos nuestros móviles, íbamos sin GPS, dormíamos en un hotel y tomamos toda la cerveza que pudimos. No fuimos cerdos, sino lechones

 

La de Tocha incluso tiene una biblioteca (un cubículo de madera) para los playeros. Había también una estructura metálica donde cuelgan unos conos rojos que la gente se llevaba para usarlos como cenicero, los podía clavar en la arena, y luego los devolvía a su lugar. Coimbra es una ciudad fantástica. Ya conocía sus principales monumentos y dimos un gran paseo. Entramos en bares nuevos y en otros donde ya habíamos estado antes. La ciudad está asociada a mis amigos, pues con ellos la conocí y con ellos vuelvo a alimentar los recuerdos de los mismos sitios: un recuerdo que se superpone a otro, como si fueran capas de minerales.

 

Allá por donde íbamos tomábamos cerveza. Yo me pedía una superbock, Mígue prefería una sin alcohol y Pacorro alternaba superbock con Radler. Luego hubo algunos momentos en los que nos desquitamos y tomamos jarras de medio, entregándonos al disfrute de la cerveza bien fría. Mientras ellos estaban en el curso yo estuve paseando. Aproveché para comprar algunos regalos para mi mujer y mis hijos; pasé a un supermercado para comprar cosas que me pareciesen extrañas o curiosidades portuguesas.

 

A la hora de comer fuimos al bar Luna, donde los tres nos tomamos un plato de costillas, con una hierba típica portuguesa y algo de arroz. Por la tarde, con tanto calor, esperé a mis amigos en la universidad, en el claustro, en el que me dio tiempo leer entera la novela negra “Negras tormentas” de Teresa Solana. Después paseamos, cenamos y cerveceamos, tampoco hasta muy tarde, que los cuerpos ya no están como antes y se agotan enseguida. Al regresar paramos en la frontera, en el sitio de siempre de Vilar Formoso, a tomar una bifana. Nos fuimos a Hervás, a pasear por su judería (un sitio fantástico, con río incluido, que yo ya conocía), y terminamos comiendo en un restaurante de Talavera.

 

En el viaje hablamos de cosas del trabajo. Jugamos a hacernos fotos con el móvil pillándonos en gestos raros o comprometidos (yo saqué algunas a Pacorro dando cabezadas yendo de copiloto en el coche). Hablamos de que a medida que nos hacemos mayores vamos teniendo más prejuicios o manías. Cada uno tiene sus caunadas. A veces he oído decir que las personas solteras suelen tener más rarezas, porque no tienen ese empuje que les hace ver la vida desde los ojos de su pareja, no preocuparse tanto por sus apetencias. Pero no es cierto.

 

Todos (casados y solteros) tenemos nuestros tics, extravagancias, pelotudeces y tonterías. Lo importante es que no lleguen a colapsar la convivencia y que estemos abiertos al punto de vista de los demás. Sin la convivencia acabaríamos devorados por el Godzilla de nuestro egoísmo, colonizados por el yo-mí-y-conmigo.

 

De esto podemos sacar algunas enseñanzas básicas: los amigos te quieren como eres; la amistad es un tesoro de incalculable valor; en cuanto convivimos y queremos a los que nos rodean debemos esforzarnos en hacerles felices y no llevarnos por la corriente que nos arrastra a dar gusto a nuestro ego. Ese es el camino para engrandecer el corazón. Es un buen consejo, de paso, para la intensa convivencia que nos espera en vacaciones.

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Santiago Sastre
Santiago Sastre

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