Cenando con «Soledad»

Los avances tecnológicos van a tal ritmo que es posible que no podamos ni imaginar los logros que la sociedad moderna puede alcanzar, en el ámbito científico, en apenas cinco años. Nuestra generación apenas mantiene el resuello intentando no descolgarse del pelotón en esta carrera globalizadora de nuestra sociedad de la información mientras que los millennials, y qué decir de la irreverente generación Z, se mueven como pez en el agua en este mar de bits que gestionan con sus sofisticados dispositivos electrónicos. Pero la vida es mucho más analógica de lo que nuestros hijos piensan y los infinitos matices con los que se expresa son, a duras penas, emulados por unas curvas digitalizadas y esto es especialmente remarcable en las relaciones humanas.

 

No es fácil para unos “chicos del baby boom”, como el que escribe, el ejercer de padres de unos hijos “Z”, individualistas, aunque solidarios, bastante egocéntricos e inconformistas con el mundo que están heredando, que la verdad es que hace aguas por todas partes. Salvo honrosas excepciones, mi experiencia vital es la de estar siempre rodeado de mucha gente, a veces demasiada. Las calles atestadas de personas; las carretas en un permanente embotellamiento circulatorio; un mundo convulso por cientos de conflictos humanos y la necesidad imperiosa de estar todos “conectados” entre sí para no perder el hilo de la actualidad o del conocimiento. Pero lo cierto es que, en el fondo, todas esas personas que se cruzan y que incluso chocan entre sí por las prisas están, en gran medida, solas. La soledad es como nuestra sombra, siempre nos acompaña; quizás a la luz del día o con los destellos con los que nos deslumbra nuestra moderna sociedad, parece desaparecer, pero cuando cae la noche, se pone más de manifiesto. Nacemos solos y morimos solos, y entre medias, hay innumerables momentos de soledad.

 

La soledad como expresión de una experiencia no compartida por mil motivos, la experimentamos todos diariamente. Solo compartiendo soledades podemos avanzar y encontrar la luz

 

Y no me refiero a la necesidad de un cierto recogimiento que nos aísle del bullicio de la gente, sino a la sensación de que no le importamos a los que nos rodean, de que estamos rodeados de extraños y que somos pequeños desconocidos incluso para las personas más allegadas. Van pasando los años y esta sensación de soledad, lejos de amainar, creo que va creciendo. No solo siente soledad el anciano que se aferra a los recuerdos de un pasado cada vez más lejano o a la breve llamada telefónica del hijo, siempre tan ocupado. La soledad a veces acompaña a nuestros hijos en el colegio donde quizás sufren situaciones de aislamiento y falta de comprensión de sus propios compañeros. La tienen nuestros jóvenes cuando no saben cómo enfrentarse a la vida y se sienten presionados por la responsabilidad que les imponemos los propios padres.

 

La soledad de las mujeres luchando por sus derechos. La soledad del fracaso, pero también del éxito. La soledad de la pobreza, pero de la que no se libra tampoco la riqueza, muchas veces fugaz como fuegos artificiales de verano. La soledad, como expresión de una experiencia no compartida por mil motivos, la experimentamos todos diariamente: todos cenamos con Soledad. Nuestros pensamientos bullen en nuestra cabeza ajenos a todo lo que nos rodea, insolidarios con los pensamientos y los sentimientos de los demás. Le damos mil vueltas a los mismos temas, constantemente, entrando en una especie de círculo vicioso del que no es fácil salir. Pero lo cierto es que no podemos dialogar con nuestra “Soledad”, solo nos va a devolver el eco de nuestros propios pensamientos.

 

La respuesta a los pequeños o importantes problemas de nuestra vida suele estar fuera y solo compartiendo soledades podemos avanzar y encontrar la luz. Compartir la soledad reconforta, nos hace más humildes, nos descubre que no hay nada nuevo bajo el sol y que, antes o después, casi todos vamos a deambular por la misma senda y nos encontraremos con los mismos problemas. El tiempo es oro, pero compartirlo lo hace aún más valioso. Invitemos a nuestra cena, no solo a nuestra Soledad, sino a la Soledad de los otros y nos sentiremos mejor; así de sencillo, pero no fácil, créanme

    

Pedro Antonio Morejón

Director ICEX Castilla-La Mancha
Pedro Antonio Morejón

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