Carnaval: entre lo profano y lo sagrado

 

 

Llega el primer fin de semana de marzo y con él la celebración de los carnavales. A nivel internacional los más conocidos se encuentran en Río de Janeiro (con mucha música y baile) y en Venecia (elegancia personificada). Si bien, la UNESCO ha reconocido como “obra maestra del patrimonio oral e intangible de la humanidad” (por su legado histórico, por su expresión cultural y artística y por su continuidad), a carnavales como los de Binche y Aalst (Bélgica), el de Oruro (Bolivia) o el de Barranquilla (Colombia). En España destacan, entre otros, el de Santa Cruz de Tenerife (con su reñida elección de reina del carnaval) y el de Cádiz (con sus famosas comparsas y chirigotas humorísticas), ambos “Fiesta de Interés Turístico Internacional”.

 

Cada carnaval es único, con una historia y tradición que contar y festejar. Tiene lugar inmediatamente antes de la cuaresma (que se inicia con el miércoles de ceniza), y cuya fecha varía entre febrero y marzo (en función del calendario litúrgico, que acomoda los días para celebrar el Jueves Santo el primer jueves con luna llena entre marzo y abril). Tradicionalmente, el carnaval empieza el jueves llamado “lardero” y acaba el martes siguiente (martes de carnaval, anterior al miércoles de ceniza). Es un periodo de permisividad y cierto descontrol. Su origen se presupone en Sumeria y Egipto hace más de cinco mil años, y su celebración, de origen pagano (imitación a las fiestas del Imperio romano).

 

El carnaval en España data de la Edad Media y está asociado a la cuaresma cristiana, una fiesta sin control para comer toda la carne posible, en preparación a los ayunos y abstinencias que han de venir

 

En España es una antigua celebración festiva, que data de la Edad Media, con su punto álgido en el Renacimiento y asociada a la cuaresma cristiana, caracterizada por la imposición para los cristianos de ayunos y abstinencias, como no comer alimentos grasos. Por ello, se celebraban unos días de fiesta sin control, para comer toda la carne posible (“carnavale”, significa “abstenerse de carne”) y disfrutar al máximo, para coger fuerzas de cara a este tiempo de recogimiento. De esta forma, lo que en un principio comenzó como un periodo de preparación a la cuaresma, con el tiempo derivó en lo que conocemos hoy como carnaval. En realidad, no existe sin la idea de la cuaresma. A nadie se le escapa que son eventos públicos de gran envergadura, por la gran afluencia de personas que participa en ellos y por el gran número de turistas que acuden a las ciudades para conocerlos, llegando a colapsarlas (pensemos en Río de Janeiro).

 

Este carácter multitudinario, requiere unas grandes infraestructuras para la celebración de los distintos actos que lo integran (elección del tema en torno al cual gira ese año el carnaval, presentación de su maqueta, rueda de prensa, pregón; gala de presentación de candidatas y posterior elección de reinas, incluida la infantil; concursos de comparsas, murgas, maquillaje, disfraces o carrozas; desfiles y cabalgatas, además del entierro de la sardina). También exigen fuertes medidas de seguridad para garantizar la integridad de artistas, ciudadanos, visitantes y autoridades (alcaldes, concejales y otras autoridades, que suelen acudir a la fase inaugural de los mismos).

 

Los carnavales son algo más que baile, disfraces y diversión. Son eventos que aportan excelencia y respeto a la tradición e historia inveterada del lugar y requieren una gran preparación, donde los organizadores cuidan al detalle su producción para que se lleve a cabo con éxito y en perfecta armonía. Por ello, se ensayan durante meses las coreografías de las distintas comparsas integrantes del desfile y, asimismo, es muy minuciosa la elaboración de sus originales disfraces y máscaras (elementos esenciales de los mismos), montados (en algunos casos) con diferentes armazones y ruedas, ya que pueden llegar a pesar hasta doscientos kilos.

 

En España esta fiesta comienza con un pregón, es decir, un discurso hecho por alguna persona relevante de la ciudad o por algún famoso del momento. Tras éste, comienzan días de desfiles en las calles, de concursos, teatros, etc. Para terminar con el entierro de la sardina el día anterior al miércoles de ceniza, como parodia de un cortejo fúnebre al que se despide una sardina (quemándola) como símbolo de adiós a los placeres y la tristeza por la llegada de la cuaresma (cuarenta días antes de la pascua), enterrando el pasado y acogiendo la renovación. Después de saber todo esto, sólo queda ponerse la máscara y ¡unirse a la fiesta! Pero teniendo en cuenta ciertos consejos, como no usar el disfraz antes del momento del desfile, máxime si participa en algunos de los concursos. No beber alcohol, ya que no permite el control absoluto de los reflejos y pensamientos. Y, por último, divertirse en todo momento y compartir la alegría, mientras se baila y canta, con el respeto que merecen los demás.

Mercedes Lobón