¡Ay!, del Chiquirritín

Bueno, la Navidad se nos acaba de ir hace apenas unos días y aún resuena en nuestros oídos. Incluso las promesas de que, “de este año no pasará”, se nos empiezan a olvidar también. Los grandes temas de la política internacional se abren hueco y nuestras miserias locales nos siguen martilleando el cerebro, pero lo cierto es que, unos y otras, viven a nuestro alrededor pero no entran en casa. En nuestro domicilio solo caben las cosas pequeñas, intrascendentes, que poco interesan a los padres de la patria, pero son las que nos preocupan o nos hacen felices.

 

“Rien plus rien, n´est pas rien” que dicen los franceses y si tuviéramos que poner en orden de importancia los temas trascendentes de nuestra vida, la mayoría son pequeños detalles, pequeños recuerdos o pequeños olvidos que, sumados, componen nuestra vida. Ese Algo pequeñito que la gran voz de Daniel Diges cantaba hace unos años, es la frontera que separa la dicha del infortunio, el accidente del susto en la carretera, incluso de la vida de la muerte. Estamos hechos de pequeñeces, de pequeñas células que colaboran y se reparten la ingente tarea de mantenernos vivos y lo hacen anónimamente, vienen y se van sin casi darnos cuenta; y cada una de ellas, al microscopio, forma un cosmos de unidades aún más diminutas y así, casi hasta el infinito. Pero incluso lo que podemos percibir como grande, visible y ostentoso, es casi despreciable, cuando elevamos la vista y vemos todo lo que nos rodea.

 

Nos preocupamos de grandes temas que son, en el fondo, minúsculos e intrascendentes, y nos olvidamos de los aparentemente pequeños pero que marcan el ritmo de nuestra vida. El átomo más pequeño del mundo, el hidrógeno, es el responsable de toda la energía que irradia el sol. Solo seis bases nitrogenadas esenciales componen la molécula más increíble de la creación, el ADN, responsable de la vida en la tierra; y un pequeño error en su secuencia determina la aparición de la enfermedad más letal que conocemos, el cáncer.

 

Estas reflexiones son, en el fondo, una autocrítica, una declaración expresa de que no tengo ningún derecho a tirar la primera piedra a nada ni a nadie, de hecho nadie debería tener ese derecho. En una sociedad que va a una velocidad de vértigo, deberíamos tener tan buenos frenos como potencia en el motor; poder acelerar y frenar; no fiarnos del GPS que nos marca la senda, sino llevar el volante entre las manos y dudar de vez en cuando sobre si vamos en la dirección y en el sentido correctos, que no es lo mismo.

 

Me decía un viejo profesor de biología que una célula del hígado nunca conocerá a una del corazón, sencillamente hacen bien su trabajo, sin importarles otra cosa. Hacer bien lo que tenemos que hacer y, si acaso, plantearnos si hay algo más allá que merezca la pena intentar, podría ser una simplificación útil para un plan de vida. No darle tanta importancia al papel que nos ha caído en gracia en el reparto es parte de la felicidad. De hecho, en este gran Teatro del Mundo que nos pintaba Calderón, no existen, a priori, papeles menores ni principales. No es el protagonista el duque de Mantua sino el deforme Rigoletto; ni el noble Febo sino Quasimodo. Pero todos queremos ser los afortunados del reparto, sin darnos cuenta que, como en casi todas las óperas, primero muere el protagonista, … aunque luego le acompañaremos, huelga el recordarlo.

 

De este nudo gordiano en que le he metido, querido lector, solo cabe coger la espada de Alejandro y resolver. Tan sencillo como coger la agenda de papel o el calendario del móvil y anotar los pequeños e intrascendentes detalles que nos puedan hacer felices o hacer felices a las personas a las que queremos, meterlos en un día y una hora concretos y llevarlos a la realidad sin excusas: prioridad absoluta para lo pequeño. Sin embargo, ¡Dios, qué difícil es hacerlo!. ¡Ay! del Chiquirritín…queridito del alma,… de este año no pasa, no se me va a olvidar, palabrita del Niño Jesús.

    

Pedro Antonio Morejón

Director ICEX Castilla-La Mancha
Pedro Antonio Morejón

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