Armas de mujer

La verdad es que, aunque uno se lo proponga, es difícil abstraerse a todo lo que nos rodea. Los temas que aparecen reiteradamente en los titulares de los medios de comunicación no siempre son fiel reflejo de nuestras preocupaciones. La música repetitiva que nos martillea los oídos puede hacernos pensar que es realmente buena, y solo por el hecho de oírla una y otra vez.

 

La moda en el vestir parece a veces diseñada para resaltar todos nuestros defectos: no por el hecho de que le siente bien a unos cuantos el resto tenemos por fuerza que pasar por el aro y autosugestionarnos de que vamos bien. Pues no, no a todas las mujeres les sientan bien los pantalones de tiro bajo y a los chicos los pantalones skinny generalmente solo les marcan tripa, amén de algunas consecuencias fisiológicas indeseables que no ha lugar mencionar aquí. Aparentemente vivimos en un mundo que tiende a la uniformización, a que todo se parezca y a que nada resalte, pero lo cierto que la naturaleza ha ido evolucionando a través del tiempo, justamente en sentido contrario.

 

 

La Vida en la Tierra ha seguido siempre un proceso incesante de mutación y cambio y la única garantía de supervivencia se ha basado en una continúa diversificación y adaptación al medio, aunque a veces tenga efectos colaterales indeseados, por ejemplo el de exterminar especies o individuos que no se adaptaron o no fueron capaces de superar una etapa de crisis. Ejemplo de lo dicho: la desaparición de los dinosaurios en el Cretácico y, por qué no, de nuestra propia especie humana en años venideros si nos empecinamos en suicidarnos. Lo que le interesa a la Vida en su conjunto no tiene por qué ser beneficioso para todos los individuos.

 

El segundo principio de la termodinámica, el Principio de la Entropía, nos indica que todo tiende al desorden: el cosmos se expande luchando contra las fuerzas de la gravedad que, a duras penas, logran cohesionarlo y, en nuestro día a día, en cuanto nos despistamos un segundo, todo el castillo de naipes que forma nuestra sociedad se nos puede venir abajo. Sé que lo que voy a decir ahora será interpretado como un tanto determinista y seguramente pesimista, pero es que, ni las disputas políticas de medio pelo, ni las guerras comerciales en defensa de nuestros intereses egoístas, ni los movimientos insolidarios de independencia, ni los fugaces éxitos deportivos o de todo tipo, van a modificar un ápice el destino de nuestro planeta a largo plazo.

 

Y dicho todo esto, alguien se estará preguntando qué sentido tiene el título que le he dado a las reflexiones de este mes: Armas de mujer. De hecho quizás pocos recuerden esa película de 1988, icónica para muchos de mi generación protagonizada por Melanie Griffith y Harrison Ford con una banda original genial de Carly Simón, ‘Let the river run’. Recientemente la he vuelto a ver y ha despertado en mí las mismas reflexiones, sensación de actualidad y con un marchamo de calidad que la llevaron a conquistar varios Globos de oro. En este caso sí hay un tema candente de verdad: los derechos de la mujer y el techo de cristal que debe romper, pero se h

 

a escapado de los tópicos y los argumentos de moda. En primer lugar, no hay una lucha de géneros: el bueno de Harrison Ford acepta que la idea brillante salga de una vulgar secretaria, Melanie Griffith a la que defiende a capa y espada. Los enemigos a batir son muchas veces inesperados y cercanos: la jefa opresora, Sigourney Weaver, que se aprovecha de su secretaria. Y finalmente, la importancia que tiene la firme determinación de la persona para lograr sus sueños, sin esperar que sea la sociedad la que nos saque las castañas del fuego.

 

Y cuando parece que llegamos al final de este cuento de hadas, aparece el verdadero mensaje de la película: en un genial zoom de cámara, se parte del flamante despacho logrado por la protagonista, símbolo del éxito cosechado con tanto denuedo, y como todo, poco a poco, se va transformando en una escena un tanto frustrante de miles de pequeños despachos, todos iguales y apelmazados, como si de celdas de un inmenso panal de abejas se tratase. Y es que nuestros éxitos mundanos son casi siempre pequeños e intrascendentes, aunque nos hagan sentirnos felices e importantes; vanidad de vanidades. . .

 

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Pedro Antonio Morejón

Director ICEX Castilla-La Mancha
Pedro Antonio Morejón

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