Anónimos

En la plaza de mi pequeño pueblo, cuyo nombre es impronunciable para los visitantes, hay un personaje muy particular que duerme en los bancos o en los resguardos de los cajeros de algunas entidades bancarias. Tiene la costumbre de hablar solo en voz alta.

 

El discurso es una perorata continua, increpando a turistas y habitantes del pueblo que generalmente se alejan de él por una mezcla de sentimientos que combinan el miedo con el asco y una pizca de desconfianza. Su aspecto es de un juglar contemporáneo, ataviado con ropajes de lo más variopinto que altera con complementos muy dispares: desde una bandera de Palestina, a un transistor de los ochenta, un carrito de la compra u otros elementos que decoran la parafernalia en una performance efímera que sorprende cada día.

 

¿Por qué el dolor se identifica como algo malo? ¿Por qué la tristeza no se expresa con naturalidad? ¿Por qué no contemplamos la necesidad del otro en vez de enjuiciarlo?

 

En ocasiones, especialmente temprano por la mañana, aparece un segundo personaje con una barriga enorme, una barba de leñador rudo, una camiseta ajustada que suele estar manchada con líquido rojizo de un cartón de ‘tetrabrí’. Grita de forma brusca consignas políticas y se queja continuamente de las ineficiencias y de las corrupciones del sistema.

 

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Pedro Salvador
Pedro Salvador

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