Agricultura contra el cambio climático

Recientemente, en la Cumbre de París, se cerraba un histórico acuerdo contra el cambio climático. 195 países del mundo se ponían de acuerdo para poner en marcha los instrumentos necesarios para frenar el calentamiento global. El pacto fija techo a las emisiones de gases de efecto invernadero y establece un sistema de financiación.

 

Así pues, España, Europa y otros cuantos países más, tendrán que aumentar esfuerzos para limitar el aumento de la temperatura del planeta. Y aquí es donde entra en juego la agricultura, pues su práctica, según algunos, contribuye al cambio climático. Una verdad a medias, ideal para cargar el mochuelo a los agricultores y tildar su actividad poco más que de nociva.

 

Es cierto que la agricultura libera importantes cantidades de óxido nitroso debido a los fertilizantes nitrogenados y que el ganado produce metano. Pero la agricultura de los últimos años es la que más empeño ha puesto para frenar el cambio climático. Las cifras hablan por sí solas: en los últimos veinte años, las emisiones de la agricultura de la UE se redujeron un 24% por la merma de la cabaña ganadera, la gestión de purines y la aplicación más eficiente de los fertilizantes.

 

Sin embargo, el impacto de sectores como el transporte ha aumentado. Conviene tener en cuenta esto, como dice Martin Merrild, presidente del Comité de Organizaciones Profesionales Agrarias de la UE, quien añade que lo último que necesitamos es que los agricultores se encuentren atrapados entre las consecuencias del cambio climático sobre su producción y los efectos negativos de las nuevas políticas impuestos.

 

Y es que, las consecuencias del calentamiento también recaen sobre la actividad agraria. Producir requiere de tierra, agua, luz solar y calor adecuados para crecer. El cambio climático está trayendo veranos calurosos y secos, menos lluvias y agua disponible para regar. Se acentúa la intensidad de los fenómenos meteorológicos (pedriscos, tormentas e inundaciones). Aparecen nuevas plagas y enfermedades, se modifican las épocas de siembra, se utilizan otras variedades de cultivos… Pero existe una premisa intocable: hay que garantizar un abastecimiento de alimentos seguros para alimentar a una población mundial que se prevé aumentará en un 60% de aquí a 2050. La solución no es producir más, sin producir con valor nutricional y garantizando la seguridad alimentaria. No se puede deslocalizar la agricultura, porque las necesidades van mucho más allá de abastecer a todos con precios asequibles.

 

Existen ya numerosos estudios que demuestran la capacidad de la agricultura para adaptarse e, incluso, mitigar el cambio climático. En la Universidad Pública de Navarra han desarrollado el proyecto Life Reagiox en el que ponen de relieve la importancia de la agricultura de regadío en la fijación del CO2 atmosférico y su potencial para la reducción de gases de efecto invernadero, mediante una gestión sostenible de este tipo de agricultura.

 

Y según el proyecto Medacc, que estudia en Cataluña la capacidad de adaptación de la agricultura mediterránea al cambio climático, cultivos como la viña, el olivo o el melocotón acumulan dióxido de carbono en igual o mayor medida que los bosques de pino joven. Todo ello, con las ventajas que tienen los cultivos sobre estas masas forestales. “La viña no se quema, genera riqueza, fija la población en el territorio y regula el flujo de agua y nutrientes”, tal y como explica uno de los científicos del Centro de Investigación y Tecnología Agroalimentarias de la Generalitat. Así pues, la agricultura puede contribuir a la mitigación de los Gases Efecto Invernadero (GEI), minimizando sus emisiones, secuestrando carbono atmosférico en el suelo y produciendo biocombusibles.

 

Por tanto, hay que valorar los esfuerzos de la agricultura y reconocer su incidencia positiva para el cambio climático. Hay proyectos que demuestran la eficacia de sistemas sostenibles que reducen la concentración de CO2 en la atmósfera, como la agricultura de conservación, la rotación de cultivos o la agricultura de precisión. Un nuevo enfoque que se conoce como “agricultura climáticamente inteligente”. Los agricultores se ocupan de producir los alimentos sanos y seguros, pero también dan un servicio a la sociedad hasta para respirar de forma sana y pura. Por tanto, si quien contamina paga… quien descontamine, que cobre.

José María Fresneda

José María Fresneda

Secretario general ASAJA Castilla-La Mancha
José María Fresneda

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