Agricultor, ecologista del cambio climático

La Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático lo define como “un cambio de clima atribuido directa o indirectamente a la actividad humana que altera la composición de la atmósfera mundial y que se suma a la variabilidad natural del clima observada durante períodos comparables”.

 

La actividad agraria depende directamente del clima y de su variabilidad. De hecho, las condiciones meteorológicas afectan más de un 30% al rendimiento agrícola. Si se producen cambios en los patrones de comportamiento de las temperaturas y precipitaciones, o el incremento de la concentración del CO2 atmosférico, influirán en el desarrollo de los cultivos.

 

Las regiones agrícolas mediterráneas, según los expertos, se verán especialmente impactadas por el incremento de temperaturas y la disminución de lluvias. El calor y la sequía ya se han dejado notar en los últimos años y, como consecuencia, estos fenómenos conllevan incremento de la erosión y pérdida de calidad del suelo, aumento de malas hierbas, plagas y enfermedades o problemas de floración y cuajado, entre otras.

 

Los agricultores ya están acostumbrados a los cambios y a adaptar sus cultivos a las condiciones climáticas cambiantes que se dan de una campaña a otra, por ejemplo, modificando las fechas de siembra o las variedades utilizadas. Ellos son y serán los verdaderos ecologistas del cambio climático. Sin embargo, estas medidas no son suficientes para afrontar los impactos a medio y largo plazo. Tanto las Administraciones como las distintas organizaciones y foros han intensificado el trabajo en esta materia.

 

Desde ASAJA se han elaborado informes, se han organizado jornadas e, incluso, se han firmado convenios de colaboración. La finalidad es participar en el diseño de estrategias transversales que contribuyan a la lucha contra el cambio climático. Y para ello, se requiere actuar en dos vertientes: adaptación y mitigación. En función de cómo se apliquen las políticas, el cambio climático será una oportunidad o un riesgo para la agricultura.

 

La adaptación pasa por tener conocimientos sólidos sobre la vulnerabilidad de los sistemas alimentarios, los ecosistemas, las sociedades y las economías ante los efectos actuales y futuros del cambio climático. Y, concretamente en agricultura, requiere la identificación, puesta a prueba, demostración y divulgación de prácticas agrícolas para contrarrestar las cambiantes condiciones climáticas. Por ejemplo, la mejora y selección genética de cultivos mejor adaptados a situaciones de estrés hídrico o térmico. ASAJA ha firmado con los obtentores de semillas y otras organizaciones agrarias un convenio sobre reempleo de granos para siembra, y habrá inversión para investigar semillas mejor adaptadas a la variabilidad climática.

 

Para la adaptación de la agricultura también es necesario hacer estudios prospectivos sobre los efectos previsibles del cambio climático sobre el medio rural. Análisis específicos a cada zona y cada contexto y que reflejen la evaluación de costes, beneficios o efectos colaterales de dicha adaptación. E informes que recojan los datos e indicadores para documentar los avances.

 

Aquí, dicho sea de paso, tienen mucho que aportar los agricultores, pues son los verdaderos conocedores de los cambios que se suceden en sus explotaciones. En cuanto a la aportación del sector agrario a la mitigación del cambio climático, según un informe de ASAJA, pasa por explorar y cuantificar medidas que reduzcan emisiones tanto por la capacidad de secuestro de carbono, efecto sumidero, como por la adopción de prácticas o tecnologías que consigan un mismo fin con un menor nivel de emisiones. Entre ellas, destaca el incremento y consideración de la superficie de cultivos leñosos como sumidero de carbono; el incremento de la densidad de cultivos leñosos; la siembra directa y su contribución al incremento de materia orgánica del suelo; las cubiertas vegetales en cultivos leñosos en pendiente; la incorporación de restos de poda de cultivos leñosos al suelo o la valorización energética de restos de cosecha o de primeras transformaciones en industrias alimentarias.

 

Ahora bien, como decíamos al principio, se requieren estrategias y políticas transversales que abarquen desde todos los prismas el problema. El principal riesgo al que se enfrenta la agricultura es el de la reducción de cosechas y, no olvidemos, que para 2050 se debe incrementar la producción y la seguridad alimentaria si se quiere satisfacer la demanda de la población que existirá para entonces. Y el segundo reto que tiene que superar es la sequía y los conflictos en el suministro de agua.

 

Después de años de sequía generalizada, la gestión del agua en este país deja mucho que desear. En esta materia no estamos preparados para hacer frente al desafío del cambio climático, pues faltan infraestructuras que lleven el agua de donde hay a donde no hay, o que almacenen el agua de invierno para verano. La agricultura pueden ser para el cambio climático una solución, no un problema. Pero hacen falta apoyos y ayudas para los agricultores y ganaderos que contribuyan a la lucha contra ese fenómeno, pues no olvidemos que, si quien contamina paga, quien descontamina debe cobrar. . .

José María Fresneda

José María Fresneda

Secretario general ASAJA Castilla-La Mancha
José María Fresneda