A cuerpo de rey

Siempre me ha dado mucha rabia el menosprecio con el que a veces se ha tratado al cuerpo, como ha sucedido en la filosofía y en la teología. Por ejemplo, Platón considera que el alma es lo principal y que el cuerpo es un mero recipiente en el que se encuentra el alma para expiar alguna culpa. En el seno de la Iglesia católica también se ha visto al cuerpo como un enemigo contra el que hay que luchar, por su inclinación pecaminosa.

 

Pero esto no tiene mucho fundamento teológico si pensamos que el cuerpo es una obra de Dios (¿y cómo va a crear algo malo?) y que Jesucristo también ha querido tener un cuerpo humano (el Verbo se hizo carne). Frente a esas dos visiones, habría que insistir en que el cuerpo es algo personal, que constituye una parte fundamental de nuestro yo. La gente nos identifica gracias al cuerpo. Y, por otro lado, no tiene una connotación negativa: al contrario, gracias a él podemos disfrutar las cosas buenas que tiene la vida, porque accedemos a la realidad de su mano. Un ser humano es un don nadie sin su cuerpo.

 

Solo tenemos un cuerpo y por eso conviene mimarlo, aunque no se trata de ponerlo en una urna de cristal, pues no está para ver los toros desde la barrera. Es verdad que a veces no lo cuidamos como se merece, porque nos damos a la grasa, al alcohol, a la prisa, al desenfreno, a tantas cosas. Hay quien ha hecho sudar al cuerpo la gota gorda o más bien le ha regalado una vida sedentaria. Incluso puede ser flaquito (de pequeño mi madre me llevó al médico porque no engordaba y me decía que a lo mejor tenía la tenia) o con algunos kilillos de más. ¡Con quién hemos estado más veces a solas si no es con nuestro cuerpo!

 

Es cierto que ha habido que frenarlo o sujetarlo, y otras se le ha dado rienda suelta, cancha libre, en plan todo el monte es orégano, para dejarse llevar por el placer y la alegría. Entiendo que incluso el cuerpo nos ha dado miedo alguna vez porque parecía capaz… de cualquier cosa. Gracias al cuerpo hemos amado y nos hemos sentido amados, nos dio ánimos cuando estuvimos a punto de tirar la toalla, supo encajar muchos golpes y zancadillas, se sintió desorientado cuando perdió el control al ponerse piripi.

 

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Santiago Sastre

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