“LO QUE NECESITAMOS EN LOS PUEBLOS PEQUEÑOS SON MUCHAS LOLAS”

El 70% de los pueblos de Castilla La Mancha tienen menos de 1.000 habitantes y en ellos vive solo el 8% de la población. El gobierno regional busca un pacto y ultima una ley y un estatuto de la mujer rural contra la despoblación, una comisión parlamentaria estudia soluciones y distintos movimientos sociales exigen medidas urgentes. Los vecinos de estos pueblos nos cuentan cómo se vive, que necesitan y cómo afrontan un fenómeno que tiene a muchos pueblos en riesgo de desaparecer.

 

Una clase del colegio rural agrupado Valle de Tajuña de Guadalajara, premiado como ejemplo de lucha contra la despoblación y, también, de integración.

 

Los jóvenes comenzaron a irse hace ya años, los que se quedaron se han hecho mayores y están falleciendo. No nacen niños. En 67 pueblos de Cuenca y Guadalajara y en 2 de Toledo no hay ningún empadronado con menos de 20 años. Y otros datos relevantes: en 261 municipios de Castilla La Mancha viven menos de 100 personas y en 264 entre esa cifra y 500. Juntos suman más de la mitad de los 919 pueblos que tiene la comunidad y en ellos solo vive el 4% de la población castellanomanchega. Los pueblos se están vaciando y el ritmo se ha acelerado en los últimos años.

 

“Yo lo que pido a los políticos y a las administraciones públicas es que no nos olviden, que es una pena que los pueblos desaparezcan porque no hay comodidades. Aquí se puede vivir muy bien y muy tranquilos”, advierte Juana Martín, la alcaldesa de Arisgotas, una pedanía de Orgaz (Toledo), desde hace dos décadas. Hace 5 años allí vivían 75 vecinos, ahora son unos 40 y Juana recuerda cuando eran 150. “La gente se ha ido yendo a vivir a los pueblos más grandes, a Sonseca, a Los Yébenes, aunque muchos vuelven todos los días aquí a trabajar en el campo o con el ganado”.

 

La mayoría de sus vecinos tienen más de 65 años, a tres los recoge todos los días una furgoneta para llevarlos al centro de día de Orgaz. Allí también van a la escuela los tres niños del pueblo, de 11, 10 y 4 años. No tienen transporte público y quien no tiene coche se las arregla aprovechando el viaje de un vecino o, en caso de necesidad, pidiendo a alguno que le lleve. “Por eso no hay problema, porque todos somos como una gran familia”.

 

Tampoco hay tiendas, pero una furgoneta les lleva pan por las mañanas y otras se acercan varios días a la semana para venderles “casi de todo”. Juana regenta el único bar del pueblo que, sobre todo en invierno, es el centro de reunión de los vecinos y donde se organizan las celebraciones. Lo que a esta alcaldesa la trae de cabeza desde hace unos meses es conseguir un simple ordenador para el consultorio, al que acude un médico una mañana a la semana.  “Como no lo tiene, no puede ni ver nuestra historia clínica digital, que es muy importante y más con los pacientes tan mayores que tenemos aquí. Y tiene que seguir haciéndonos las recetas en un papel, que también es un problema cuando la boticaria que viene con él no tiene la medicina que nos ha mandado. No sé cuantas veces he llamado al Sescam y todavía estoy esperando”.

 

“Aquí se ejerce una medicina más tradicional, más basada en la pura experiencia clínica. Tienes que ser mucho más, también el pediatra, el psicólogo, el ginecólogo…”

 

Hace dos años, para sorpresa y alegría de todos los vecinos, llegó Lola Garrido al pueblo, una educadora social que trabaja en la provincia y que paseando un día por la zona se “enamoró” de Arisgotas y de su gente y decidió instalarse allí. Hasta los treinta y tantos había vivido en Madrid y tras unos años “rodando por el mundo me di cuenta que es aquí y así como quiero vivir. Fui muy bien recibida, tanto que mi llegada casi coincidió con las Navidades y me pidieron que fuera la reina maga. Y poco después hasta me dejaron un terrenito para que pusiera mi huerto”, nos cuenta.

 

Lo que más le costó fue encontrar una casa donde vivir, pese a que en el pueblo hay muchas viviendas vacías. “No tenían muy interiorizado el tema del alquiler y pasó un tiempo hasta que Juana me llamó para decirme que por fin había una disponible. Es una casa superhumilde, con su chimenea. No me falta de nada. Aquí se vive en comunidad. Todos nos conocemos y nos ayudamos, aprendes a tirar de la gente que sabe y a valerte mejor por ti misma. Es cuestión de organizarte con lo que puedas necesitar. Y luego la educación y el respeto que tiene todo el mundo. Estoy encantada”. También sus amigos y su familia, que la visitan con frecuencia y, sobre todo, sus vecinos con ella. “Lo que necesitamos en los pueblos más pequeños son muchas Lolas”, dice la alcaldesa.

 

 

Si el 100% de las grandes ciudades tenía cobertura de internet a velocidades de al menos 30Mbps, solo el12,6% de los pueblos con menos de 100 vecinos tenía internet así

 

Para los más jóvenes vivir en un pueblo pequeño tiene sus dificultades. Paula Malagón vive en Los Quiles de abajo (Ciudad Real). Tiene 16 años y cuando acabe el Bachillerato quiere estudiar Derecho o Administración de empresas. Todas las mañanas un coche la recoge para ir al instituto de Malagón (curiosamente como su apellido), a 17 kms. Con ella viaja

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