220 Kilómetros

¿No me jodáis! Un chiflado pone su potente coche a más de 220 kilómetros por hora en una carretera limitada a 120. Como consecuencia de esa imprudencia fallece él, mata a un chaval, e hiere gravemente a un tercero, y lo consideramos un héroe. ¡El puto amo de la carretera! El Fittipaldi de Sevilla. Le hacemos homenajes, le recordamos como gran persona, excelente deportista y un tipo al que todos envidiaban en su pueblo, donde ahora quieren elevarlo a los altares, no sé de qué iglesia, de qué creencia; pero resulta que este malogrado conductor, que encontró la muerte en la carretera que unía su curro futbolero con su residencia, es un santurrón, un buen hombre que solo hizo volar su coche a 237 kilómetros, velocidad en la que un Boeing con 400 pasajeros consigue despegar, pero sin otra intención que la propia de un suicida, de un peligroso irresponsable que en esta ocasión sólo provocó la muerte de su primo. ¿Pero de qué hostias estamos hablando?

 

Y no solo eso, José Antonio Reyes era un vendaval de aire viciado al volante, un acosador que gustaba situarse pegado a otros coches para demostrar su ¿hombría?, como denunció el alcalde de El Coronil, con el que tuvo un percance de tráfico meses antes del fatídico accidente mortal. “A este tipo (por Reyes) hay que quitarlo de la carretera antes que provoque una desgracia. Impresentable”, tuiteó el regidor después de que el futbolista presumiera de su suicida, irresponsable y descerebrada forma de conducir. Sin embargo, volar a 220 kilómetros tiene premio en este país de fariseos. Tanto es así, que la Real Federación Española de Fútbol le ha concedido la Medalla de Oro y Brillantes a título póstumo. ¡Qué alguien me lo explique! ¿Cuántos jugadores se han opuesto a esta concesión; cuántos reales borbones se van a negar que la Real Federación conceda tan alta distinción en su nombre? ¿Y la Administración, qué dice la Administración? Al menos algunos colegas suyos sí han alzado la voz contra estos homenajes inmerecidos, como muy bien declara su excompañero en la selección española de fútbol, Santi Cañizares.

 

“Un jugador puede defraudar 30 o 40 millones a Hacienda, dígase Messi o Ronaldo, y no pasa nada”

 

No sé, me da la sensación que hemos perdido un poco la chola. Nadie en su sano juicio se puede alegrar de la muerte del futbolista, ¡claro que no! Igual que nadie puede justificar desde la moralidad el desproporcionado adiós y homenaje a un reincidente y peligroso conductor cuya pasión era poner en peligro, supongo que inconscientemente, la vida del resto de los conductores, porque quien circula a 220 kilómetros por hora no es una persona normal. No. Se trata de un peligro al volante que desgraciadamente no fue apartado de la carretera antes de que sucediera un desastre anunciado, que casi todos veían venir y que nadie fue capaz de intervenir para evitar, precisamente, su muerte y la de uno de los otros dos ocupantes del vehículo. Yo me pregunto si la sociedad hubiera sido tan permisiva, tan benévola, si un político hubiera sido el protagonista de este accidente ¿Desde qué palo mayor lo hubiéramos colgado? ¿Cuántas vestiduras nos hubiéramos rasgado? Toreros, bailarines, actores…han protagonizado hechos tristes, con muertos incluidos, y no ha habido perdón para ellos. La condena popular, cuando se ha demostrado una conducción temeraria, ha sido aplastante, sin concesiones e, incluso, con responsabilidades penales. Pero no, cuando se trata de un futbolista la cosa cambia. Y de qué forma.

 

Un jugador puede defraudar 30 o 40 millones a Hacienda, dígase Messi o Ronaldo, y no pasa nada. Se paga la multa, los instructores se hacen un selfie con el imputado, los aficionados no le reprochan nada y ni siquiera le exigen un gol por cada millón robado a las arcas públicas ¡Faltaría más! ¡Es futbolista! Pertenece a una élite a la que en este país se le rinde pleitesía. Da igual que sea maltratador o violador, ladrón o defraudador…el caso es que meta goles. Lo demás no tiene importancia. Olvidamos tantas cosas y con tanta rapidez que avergüenza que casos como los de Reyes pasen a la historia cotidiana como la muerte de un excelente chaval que sólo circulaba a 220 kilómetros por hora, lo que provocó su muerte y la de su primo. Eso es (tristemente) secundario, lo fundamental es que era un gran futbolista, muy querido por la afición y respetado por sus vecinos. Más de 1.000 personas murieron el año pasado en nuestras carreteras. La mayoría de esos trágicos accidentes fueron por conducciones temerarias como las que practicaba José Antonio Reyes a diario. ¡Ya está bien!

    

Carlos Iserte

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